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BlogLas revelaciones

La luz de aquella perla

Fotografía de la luz en su doble naturaleza: como onda y como partícula.

 

Basta ya de confesiones, hoy les quiero hablar de una “revelación”, de ese momento en el que  una verdad oculta  se manifiesta ante nuestros ojos y nos deja estaqueados a medio camino entre el asombro y la incredulidad.

Eso fue lo que me pasó esta semana, cuando leí la noticia de que en un laboratorio de Suiza, más precisamente en la Escuela Politécnica de Lausana, un grupo de científicos habían conseguido fotografiar la luz en su doble naturaleza, o sea como partícula y como onda, todo junto y a la vez, cuando hasta el momento, solo se había podido experimentar exitosamente con ambos comportamientos, pero en momentos diferentes.

La cosa viene de lejos -como siempre-. Fue Issac Newton quien con sus experimentos de óptica definió la luz como partículas de diferentes colores. Pero no todos estaban de acuerdo, un señor llamado Christiaan Huygens, decía que la luz eran ondas, iguales a las de las olas en la agua. La cosa se discutió bastante y el debate  se zanjó cuando Albert Einstein -faltaba más-, dijo que cuando la luz ultravioleta golpea una superficie de metal causa una emisión de electrones y  proclamó que la luz no solo era una onda (electromagnética) sino también un flujo de partículas.

Uds. se preguntaran con razón, que tiene que ver esto con el arte. Pues aunque no parezca, lo tiene y por eso, cuando vi la foto me corrió por la espalda un sudor frío. La reacción física de mi cuerpo, no fue solo producto de la gran belleza de la imagen – por cierto, ¿no es hermosa?-, sino porque pensé en la gran legión de artistas que a lo largo de los siglos habían peleado hasta la obsesión, por capturar en sus obras los efectos de la luz y que para hacerlo, observaban y experimentaban con ella.

Pensé en muchos de estos pintores enamorados de lo invisible, pero sobre todo pensé en uno, en Johannes Vermeer (1632-1675). Y como uds. ya saben que me pasan cosas raras, no corro riesgos de que me traten de loca si les cuento que de repente, sentí que desde mi espalda y por encima de mi hombro, se asomaban uno ojos inquisitivos e inquietos, que miraban asombrados la foto de la luz que repicaba en la pantalla de la computadora. Era por supuesto, Vermeer que miraba lo que con tanto esmero y audacia desde su pequeña y deliciosa Delft, había tratado de pintar tantas veces.

La joven de perla, Johannes Vermeer, 1665-1667. Museo Mauritshuis, La Haya
La joven de perla, Johannes Vermeer,1665-1667. Museo Mauritshuis, La Haya

De los 35 cuadros que Vermeer pintó en su vida -o mejor dicho de los que llegaron a nosotros-, hay uno en especial en el que todas sus obsesiones científicas alcanzan límites indescriptibles y es ése que conocemos como “La joven de la perla”. Esa perla que está suspendida en la oreja de la chica, que es para nuestros ojos una perla, perfecta, brillante y resplandeciente, pero que es algo más que una perla, es pura luz.

Porque resulta, que al tiempo que Vermeer pintaba en su taller la perla, a cuatro casas de distancia vivía un señor llamado Anton Leeuwenhoek (1632-1723), que era su amigo y que le gustaba experimentar con lentes, cámaras oscuras y efectos ópticos varios, lo que lo llevó a inventar un pequeño aparato que hace visible lo invisible y que hoy conocemos como microscopio. Y mientras Vermeer y Leeuwenhoek se divertían con el artilugio, por la casa del científico también se daba una vuelta, otro amigo, el poeta Constantinjn Huygens (1596-1687) que iba acompañado de su hijo Christiaan  Huygens, y que es el mismo que retó a Newton diciéndole que la luz era una onda, como las olas en el agua.

Yo tendré una imaginación exacerbada-como me suelen decir mis hijos-, pero en lo que a esa perla se refiere, todo los puntos se conectan. Y hoy ya no hay historiador del arte que se niegue a afirmar, que esa bella y resplandeciente perla pintada por Vermeer en el lóbulo de una misteriosa chica, es luz. Esa misma luz, a la que la semana pasada finalmente, le sacamos una foto en toda su plenitud.

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