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BlogLa inspiración

Un teléfono, Leonardo da Vinci y la inflación

Esta semana Tim Cook, director ejecutivo de Apple, presentó el nuevo Iphone. Como es habitual se hizo el acostumbrado mega despliegue; teatro, escenario, proyecciones, Tim relajado y en camisa y por supuesto, mucha gente gritando y aplaudiendo como si estuviera a punto de perder la cordura. El clásico show de Apple.

Tim Cooke, setiembre 2015
Tim Cook, presentación del Iphone 6S, 2015

Pero a mí todo me resultó falso como si todo aquello no fuera más que un montaje, y es que más allá de la mayor o menor innovación de los productos (la tecnología no es lo mío), sentí que faltaron a la cita la creatividad, la imaginación y lo más importante: los sueños. Sí claro, es evidente, faltaba todo eso porque faltaba Steve Jobs, pero lo que vi me hizo reflexionar sobre la creación y me puse a pensar que sea cual sea ella, un objeto de diseño, una pintura, una instalación, un edificio, una escultura, lo que sea, si no se siente ese salto hacia al vacío, si no se percibe y se vibra con el riesgo de la conquista, no hay magia.

Steve Jobs, presentación del Iphone, 2007
Steve Jobs, presentación del Iphone, 2007

Y las presentaciones de Apple, que supieron ser obras de arte de la comunicación ya no lo son, porque está sucediendo lo que el historiador del arte Ernst Gombrich denominó “la inflación del énfasis”. Según este principio, cuando un artista se desvía de la norma, o sea cuando se aparta para innovar, a los demás solo les quedan dos alternativas: o la rechazan o la incorporan. En el primer caso, corre el riesgo de alistarse en el bando de los “conservadores”, pero si escoge la segunda opción, la lógica de la situación al decir de Karl Popper, no le deja otra salida que igualarla o superarla. De ese modo, la necesidad de un énfasis cada vez mayor produce una degradación inflacionaria de la innovación original, que en medio del despliegue de efectos que traen las otras -que no son realmente originales sino meros sucedáneos-, solo consiguen que recordemos la primera.

Por eso, mirar la presentación Tim Cook me resultó olvidable e hizo aún más fuerte mi nostalgia por las maravillas que conseguía Steve Jobs en sus presentaciones, y el punto es que en el arte sucede exactamente lo mismo. Pongamos un ejemplo: la Ultima Cena de Leonardo da Vinci.

Última Cena, Andrea del Castagno, 1447. Iglesia de San Apolinaria, Florencia
Última Cena, Andrea del Castagno, 1447. Iglesia de San Apolinaria, Florencia
Última Cena, Domenico Ghirlandaio, 1480. Iglesia de Ognissanti, Florencia
Última Cena, Domenico Ghirlandaio, 1480. Iglesia de Ognissanti, Florencia

Todas las imágenes que representaban la Ultima Cena hasta Leonardo, como la de Andrea del Castagno o la de Domenico de Ghirlandaio, seguían un patrón: en una mesa en herradura los apesadumbradas apóstoles se recortaban sobre la pared de una habitación, la traición ya había sido anunciada y la atmósfera era solemne y silenciosa. Como consecuencia del momento, Judas estaba separado del grupo sentado frente a la mesa y San Juan se reclinaba sobre Jesús o dormía a su lado mecido por su mano protectora.

Leonardo rebobinó la escena y pintó lo que nadie había pintado nunca: el mismo momento en que se anuncia la traición. Esto le permitió incluir a Judas en el grupo y levantar al San Juan, formando cuatro bloques de tres apóstoles repartidos armoniosamente a los lados de Jesús. A su vez al modificar el momento en lugar de cundir la pesadumbre y el silencio, todo se vuelve agitación y ritmo, porque los apóstoles se preguntan sorprendidos y encolerizados quien será el traidor, dándole a cada uno de los cuatro grupos diferentes grados de reacción dinámica. Por si no fuera poco, Leonardo eliminó la pared y abrió el espacio en profundidad a través de una serie de tapices que culminan en una lejana pared que le da aire espacial a la escena.

Última Cena, Jacopo Bassano, 1542. Galería Borghese, Roma
Última Cena, Jacopo Bassano, 1542. Galería Borghese, Roma
Última Cena, Tintoretto, 1592. Basílica de San Giorgio Maggiore, Roma.
Última Cena, Tintoretto, 1592. Basílica de San Giorgio Maggiore, Roma.

Todo cambió a partir de la Última Cena de Leonardo, porque los pintores que vinieron después como Bassano y Tintoretto, no tenían más opción que incorporar el énfasis innovador de Leonardo y comenzaron a acumular efectos inesperados sobre el nuevo patrón, intentando denodadamente ir más allá de él. Pero al hacerlo, solo consiguieron desatar la dichosa “inflación del énfasis” que hizo más visible la genial innovación de Leonardo.

Y bueno, les confieso que me resulta desolador que la creatividad queda anulada o degradada por esta espiral de inflación repetitiva colmada de vacío imitativo, porque me recuerda con más fuerza que sin riesgos no hay creación. Como dijo Steve Jobs -y me animo a creer que Leonardo también diría-, este mundo es para los que piensan diferente y eso vale, tanto para la presentación de un teléfono como para una obra de arte genial que cambia el curso de los acontecimientos.

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BlogLos pensamientos

El mágico sonido interior de la pintura

Las misteriosas conexiones que los artistas crean entre imágenes y palabras pueden ser infinitas, y si está claro que la imagen será siempre imagen, es igual de cierto que también puede ser poesía. Cuando esto sucede la pintura se convierte en sonido interior, en recuerdo evocador, en un maravilloso vuelo hacia los confines de la imaginación y la fantasía. Prueba de ello es la obra del gran Marc Chagall, una obra que solo puede ser definida desde su intrínseca naturaleza poética.

Es que Chagall, este ruso humilde y sencillo, este judío de aldea y espíritu místico, tenía su cabeza y su alma repleta de imágenes imposibles; animales que vuelan por los cielos, viejos que tocan el violín en los tejados, ángeles que se despeñan sobre la tierra para brindar cobijo y calor, novios, flores, gallos y vacas y peces, todo un universo de nostalgia que gracias al mecanismo de la memoria y la imaginación desafió la idea de tiempo y espacio.

Yo y mi aldea, 1911 Museo de Arte Moderno, Nueva York
Yo y mi aldea, 1911 Museo de Arte Moderno, Nueva York

Y porque estamos evocando los pensamientos de estos pintores-poetas, quiero contarles que Chagall escribió un conmovedor relato autobiográfico al que llamó Mi vida. Lo escribió en ruso, con la intensidad y la profunda ternura que siempre lo dominó y se publicó por primera vez en 1931 en París, después de que su esposa Bella lo tradujera al francés.

Mi vida es como los temas y los colores de sus cuadros, es melancolía y alegría, es verdad y sueño; su infancia en la añorada aldea de Vitebsk, su familia pobre y sencilla, el abuelo que le enseñaba la Torah, su padre que trabajaba de sol a sol, el sueño de convertirse en pintor. Experiencias de judío errante a las que su tiempo lo condenó y que se transformaron en las más entusiastas, optimistas y soñadoras imágenes. Mi vida es una gran fábula verídica, construida de frases inconexas y con el mismo tono lírico y mágico que su pintura. En definitiva, pura poesía.

El violinista verde, 1923. Museo Guggenheim, Nueva York
El violinista verde, 1923. Museo Guggenheim, Nueva York

Cuando observaba a mi padre debajo de la lámpara, soñaba con cielos y cuerpos celestes, mucho más allá de nuestra calle. Toda la poesía de la vida se condensaba en la tristeza y el silencio de mi padre. Allí estaba la fuente inagotable de mis sueños: mi padre.

Sobre la ciudad, 1918 . Galería Tretyakov, Moscú.
Sobre la ciudad, 1918 . Galería Tretyakov, Moscú.

Su silencio es el mío. Sus ojos, los míos, como si ella me conociera desde hace mucho tiempo, como si lo supiera todo de mi infancia, de mi presente, de mi porvenir; como si vigilara sobre mí adivinándome aunque la veo por primera vez. Y yo sentí que ésta era mi mujer. Su tez pálida. Esos ojos suyos negros y redondos. Son mis ojos, mi alma.

Autorretrato con la musa. La aparición, 1917-1918. Colección Gordeeva, San Petesburgo
Autorretrato con la musa. La aparición, 1917-1918. Colección Gordeeva, San Petesburgo

De repente, se abre el techo y un ser alado desciende con estrépito y rapidez llenando la habitación de corrientes y nubes. Un crujido de alas que se arrastran. Pienso: ¡un ángel! No puedo abrir los ojos, todo es deslumbrante, luminoso. Tras fisgonear por todos lados, levita y se escabulle por la grieta del techo, llevándose con él toda la luz y el aire azul. Vuelve a oscurecer. Me despierto.

La absoluta sensibilidad que dominó el pensamiento de Chagall, hizo que su pintura no encuentre hasta el día de hoy una etiqueta que la codifique y aunque formó parte de las vanguardias parisinas, su obra se resiste. Porque su carga mágica y de verdad, la convierten en un testimonio único, irrepetible, imposible de ser reducido a una palabra y por eso se nos escapa como los rítmicos sonidos de un poema.

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