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BlogLa inspiración

La pelota, también es arte

Los que me conocen, saben que me gusta el fútbol. Más que gustarme, debería decir que me apasiona. Soy capaz de mirar el partido más intrascendente y aburrido y vivirlo como si fuera la meticulosa creación de una obra de arte. He reflexionado largo y tendido sobre este punto, y por más que las conclusiones son de variada naturaleza, sé que una de las cosas que más me gustan del fútbol es su plasticidad.

En el fútbol el cuerpo se conecta con la cabeza y esa conexión da vida al movimiento, un movimiento que debe necesariamente ser armonioso y equilibrado, porque en caso contrario el desbalance termina con el jugador en el piso. A su vez, el movimiento es velocidad, una velocidad que también debe ser controlada para poder dominar la pelota, porque la pérdida del control termina con el balón en los pies del contrario.

De este modo, si reunimos la idea de movimiento en armonía y le sumamos la velocidad controlada, la imagen del cuerpo se vuelve pura plasticidad. Y como estamos en tiempos de “copa” y no tengo otra manera de ver el mundo que en “modo-arte”, miro a Cavani o a Messi y pienso en la cantidad de artistas que fascinados por la pelota en igual medida que por el movimiento, hicieron del deporte inspiración artística.

Dinámica de jugador de fútbol, 1914, Umberto Boccioni. Moma, Nueva York
Dinámica de jugador de fútbol, 1914, Umberto Boccioni. Moma, Nueva York

Umberto Boccioni (1882-1916), fue uno de los más grandes futuristas italianos. Un grupo de artistas que allá a principios del siglo XX y en plena vanguardia, crearon toda una estética del movimiento y la velocidad. El fútbol, el ciclismo y todo aquello que se moviera como violinistas, bailarines, corredores, transitaron por sus lienzos como reflexiones sobre la dinámica corporal.

El equipo de Cardiff, Robert Delaunay, 1913. Museo de Arte Moderno, Paris
El equipo de Cardiff, Robert Delaunay, 1913. Museo de Arte Moderno, Paris

Robert Dalaunay (1885-1941), fue creador -junto a su esposa Sonia-, del “simultaneísmo”, una corriente de vanguardia que utilizaba el contraste simultáneo de colores para expresar la sensación dinámica de la descomposición del movimiento. Bailarines, jugadores de rugby y corredores, fueron motivos ideales para expresar estos principios.

Carmelo de Arzadun, Partido de fútbol, 1919. Museo de Artes Visuales, Montevideo.
Carmelo de Arzadun, Partido de fútbol, 1919. Museo de Artes Visuales, Montevideo.

Carmelo de Arzadun (1888-1968), fue uno de los máximos exponentes de la pintura planista nacional, la primera gran corriente moderna de nuestra pintura. Los planistas planteaban una imagen a base de planos de color, sin volumen y de dibujo austero, pero dominadas por un color resplandeciente, luminoso y hasta por momentos estridente.

Henri Rousseau (1844-1910), es el famoso “Aduanero Rousseau”, el pintor más popular del Arte Naif. La frescura espontánea de su pintura, lo convirtió en un ídolo de los artistas de vanguardia y aunque el gran motivo de su obra fueron frondosas selvas repletas de animales, el fútbol y el deporte -humor mediante-, no le fue indiferente.

Cada día me queda más claro, que la pasión nos hace ver las cosas de una manera distinta. Por eso cuando miro la Copa América pienso en arte y cuando miro estos cuadros pienso en las maravillas que nos regala día a día, la vieja y querida pelota.

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Cuando sale mal y cuando sale bien

Luz María Bedoya, Document Art Gallery, ArteBA, 2015

 

Ya lo dijimos la semana pasada -como suelen sentenciar los periodistas deportivos-, la creación pertenece al mundo interior del artista y la inspiración al exterior, a su capacidad para absorber los estímulos externos. Inspiración y creación son como dos hermanas, van juntas pero viven en hogares distintos y es tarea del artista conseguir que se lleven bien. A veces la cosa termina mal, otras veces el encuentro se vuelve una genialidad.

La semana pasada, recibí por mail una obra que se expuso en la reciente feria de arte de Buenos Aires (ArteBA). Se trataba de una pieza de la artista peruana Luz María Bedoya (Talara, Perú, 1969) que parodiaba con evidente referencia la famosa pintura de René Magritte “La traición de las imágenes”.

La traición de las imágenes, René Magritte, 1929. Los Angeles County Museum of Art, California
La traición de las imágenes, René Magritte, 1929. Los Angeles County Museum of Art, California

Cuando la vi me dije: no hay nada de malo en la apropiación de la imagen creada por Magritte en 1929, pero también me pregunté, ¿que novedad aporta esta obra a la reflexión ya hecha por Magritte hace 86 años? Para mí éste es un perfecto ejemplo, de cuando las relaciones entre inspiración y creación salen muy pero muy mal y por eso, el resultado se acerca más a un insultante fiasco que ni siquiera tiene el buen gusto de funcionar como sátira o broma.

En las antípodas de estos sentimientos, hay veces en que las cosas salen muy bien. Y un buen ejemplo del feliz encuentro entre inspiración y creación, es a mi juicio la obra “Mártires” del video-artista Bill Viola (Nueva York, 1951), que se exhibe en la Catedral de Saint Paul de Londres.

Fotograma de
Fotograma de “Martires”, Bill Viola, 2014. Catedral de Saint Paul, Londres

Viola parte de la tradición del tríptico religioso, la vieja y maravillosa triple imagen simultánea que el Renacimiento y el Barroco consagraron como el modelo más eficaz para la narración visual. Pura tradición, que se reinventa en cuatro videos proyectados en “slow motion” en un gigantesco plasma, y que son de una pureza estética y una fuerza espiritual, solo comparable a la fuerza visual de un retablo de Peter Paul Rubens.

Fotograma de
Fotograma de “Mártires”. Detalle de “El Fuego”, Bill Viola, 2014

Viola toma como principio del martirio, la fuerza de los elementos naturales o sea la tierra, el aire, el fuego y el agua. Las figuras son vapuleadas por el poder de la naturaleza sin que ésta consiga destruirlas; son vulnerabilidad, cuerpo, sacrificio, entereza, purificación. Pura tradición, que reinventa el significado de la trascendencia espiritual del hombre.

Fotograma de
Fotograma de “Mártires”. Detalle de “El agua”, Bill Viola, 2014

Los mártires de Viola son conscientes del castigo, lo conocen y lo aceptan y por eso son mártires en la más antigua acepción del término, que es ser “testigos”, testigos de la fe. Pura tradición paleo-cristiana, que se reinventa en contexto y significado, porque retoma a la vez, la vieja idea de los filósofos griegos que decía que de la combinación armoniosa de los cuatro elementos surgía la vida y también la muerte. Pura tradición, que reinventa la reflexión universal sobre el misterio de la existencia.

Video sobre “Mártires” de Bill Viola

“Martires” se apropia de la más profunda tradición filosófica, religiosa y artística de Occidente, pero para transformarlo desde nuestro conflictivo siglo XXI. En este caso, las cosas salieron muy bien pero muy bien y es gratificante que así sea.

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Aquellas mujeres de cuello largo

Nuestro tiempo ha construido un culto a la originalidad. Las cosas valen en tanto novedad, en tanto las sentimos y las percibimos como nuevas. Sin embargo y hasta casi como un acto de humildad creo que nos vendría bien recordar, que toda originalidad es siempre heredera de algo o de alguien que le precedió. Porque la inspiración, ese misterioso y extraño don que impulsa la creación, está ligada a nuestra capacidad para incorporar aquello que nos sugiere lo que otro antes que nosotros, hizo, dijo o pensó.

Esto no implica negar la originalidad en las obras de arte, sino recordar que todo tiene un comienzo, que las cosas no surgen de la nada ni por generación espontánea. Y porque este mes de junio, estará animado por los extraños mecanismos de la inspiración, les quiero contar como ese gran pintor que fue Amadeo Modigliani, llegó a construir ese maravilloso universo de mujeres con el cuello largo.

Retrato de mujer polaca, Amadeo Modigliani, 1919. Museo de Bellas Artes de Philadelphia.
Retrato de mujer polaca, Amadeo Modigliani, 1919. Museo de Bellas Artes de Philadelphia.

Modigliani creó prácticamente toda su obra, en las dos primeras décadas del siglo XX y en aquel París bohemio y de café que anidaba en las calles del barrio de Montparnasse. Modigliani llevaba el espíritu de vanguardia en el alma y en el cuerpo, y no solo por que cultivara con tanto ahínco esa vida bohemia que terminó matándolo, sino porque ambicionaba crear un nuevo orden estético que alterara las estructuras imperantes y así por ejemplo, admiraba a la par de Picasso, la fuerza primitiva y antropológica del Arte Africano y de Oceanía.

Amadeo Modigliani, Livorno, 1884 - París, 1920
Amadeo Modigliani, Livorno, 1884 – París, 1920

Pero a la vez Modigliani era italiano, un italiano de pura cepa, culto y refinado, que se había formado en Livorno en el taller de Guglielmo Micheli, discípulo y amigo del gran Giovanni Fattori, líder de los macchiaioli, aquellos pintores de la mancha que fueron precursores de lo que luego conocimos como Impresionismo. Modigliani era italiano y como tal se sentía atado a esa cadena de tradición que une a Italia con la raíz greco-latina recuperada y amplificada por el Renacimiento, y renovada luego, por la excentricidad de los manieristas del siglo XVI.

Gran desnudo, Amadeo Modigliani, 1917. Moma, Nueva York
Gran desnudo, Amadeo Modigliani, 1917. Moma, Nueva York
Venus dormida, Giorgione, 1510. Germaldegalerie, Dresde
Venus dormida, Giorgione, 1510. Germaldegalerie, Dresde

Basta observar el maravilloso conjunto de desnudos reclinados que pintó en pleno siglo XX, para comprobar que son una genial reinvención de uno de los temas más tradicionales del arte italiano, aquellas lejanas Venus reclinadas que inmortalizaron en pleno Renacimiento artistas como Giorgione y Tiziano.

 

Detalle del Nacimiento de Venus, Sandro Botticelli, 1484-1486. Museo degli Uffizi, Florencia
Detalle del Nacimiento de Venus, Sandro Botticelli, 1484-1486. Museo degli Uffizi, Florencia

Basta observar sus espectaculares retratos de mujeres de cuello largo, ojos de almendra y hombros dislocados, para percibir en ellas una fantástica transformación de la estilización de los pintores del Renacimiento como Botticelli y de las elegancias de los manieristas del siglo XVI como Parmigianino. Por supuesto, que el resultado es una obra de vanguardia, una imagen sometida a la distorsión, al despojamiento y a la extrema simplificación del arte del siglo XX, pero su raíz, el germen que le da nacimiento es la receptividad a la sugerencia que llega del pasado. Y eso es lo que hace a la obra de este italiano soñador y bohemio, una visión única, nueva y original.

 

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