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BlogLas provocaciones

Cosas de mujeres II

Henri Matisse y su modelo Wilma Javor, Niza, 1939

En marzo del año pasado podía haber escrito sobre la infinidad de mujeres pintoras que hay en la Historia del Arte desde el siglo XVI en adelante, en cambio escogí escribir sobre las grandes olvidadas del arte: las modelos. Esas sufridas mujeres que por necesidad, amistad o amor aceptaban pasar horas y horas quietas, desnudas y muertas de frío bajo el ojo escrutador de un hombre. Si lo quieren leer aquí va el link de Cosas de Mujeres (https://arteemmasanguinetti.com/2016/03/11/cosas-de-mujeres/)

Este marzo -que afortunadamente viene más revoltoso y combativo-tengo la misma oportunidad y nuevamente quiero escribir sobre otro olvido. Esta vez quiero hacerlo sobre lo que los artistas a lo largo de la historia hicieron con nosotras cuando nos pintaron o nos esculpieron. Porque si la relación “modelo-pintor” es el epítome del concepto “objeto-sujeto”, no lo es menos el resultado, o sea la obra de arte en sí misma, en el entendido de que cada tiempo tiene su contexto y expresa en iconografías sus valores y temores, sus intenciones y puntos de vista.

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Palas Atenea, copia romana, Siglo I. Museos Capitolinos, Roma

Los griegos y los romanos nos celebraron como “diosas” y así los museos están repletos de hermosas Venus que con sus cuerpos excitantes o pudorosos -según el caso- encienden el deseo y el amor carnal. Así se apilan en los corredores del Louvre castas y virginales Dianas  o aguerridas Ateneas, la que por ser sabia, guerrera y justa, luce siempre un tanto masculina, por no decir que es literalmente un hombre.

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Madonna del Prado, Rafael Sanzio, c.1505. Museo Kunsthistorichens, Viena.

El Renacimiento nos cantó como “madres” y así se agolpan en los Uffizi las incontables y bellas Madonnas y Piedades, cada una en su tipología de alegría y comprensión o dolor y resignación. Con el Barroco -siglo de contradicciones y contrastes- fuimos en simultáneo diosas y madres pero en ambas pura emoción ideal; en el primer caso, pasamos a ser “táctiles” para que el disfrute del ojo se regodeara en nuestros cuerpos rollizos y carnosos, y en el segundo, pasamos a exteriorizar arrobadas el dolor hasta perder el sentido en el desmayo.

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Las tres gracias, Peter Paul Rubens, 1630-1635. Museo del Prado, Madrid

Andando el tiempo -porque la historia iría para largo- cabría dar un salto hasta el siglo XIX porque aquí la cosa se complicó, obviamente Freud mediante y así nos convertimos en un enjambre de misterios, seres poderosos dotados de fuerzas ocultas, sirenas malignas dominadas por los bajos instintos. Por lo que estas ya cansadas diosas, gracias y madres nos desdoblamos en lo que se conoce como femme fatale; la astuta mujer que explotando sus poderes sexuales consigue someter al desventurado héroe.

Gustav KlimtJudith I, 1901 Öl auf Leinwand 84 x 42 cm
Judith I, Gustav Klimt, 1901. Museo Belvedere, Viena.

En fin, sea como sea lo que importa es comprender que Rafael y Miguel Angel, Rubens, Klimt y tantos otros más, tenían razón. Somos madres felices en la alegría de nuestros hijos y sufridas a la hora del dolor, nos sentimos diosas cuando nos desean y no dudamos en ser astutas si la hora lo requiere. Lo gracioso del caso, es que somos todo eso y mucho más, porque no bastan los siglos de Historia del Arte construidos a fuerza de visones masculinas, para abarcar la insondable complejidad que anida en el corazón de una mujer. Y ése es el desafío del arte actual, porque hoy somos las mujeres las que escribimos nuestra propia historia y las que pintamos nuestra propia imagen.

 

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Cosas de mujeres

El artista Alphonse Mucha, en su estudio de París, 1890.

 

Hoy quiero hablar de mujeres, de mujeres en el arte. Obviamente podría recordar a las pioneras del Renacimiento y del Barroco como Lavinia Fontana, Sofonisba Anguissola o Artemisa Gentileschi; podría recordar también a las mujeres que en la segunda mitad del siglo XIX lucharon por el respeto y reconocimiento de sus colegas masculinos, como Camille Claudel, Mary Cassatt o Berthe Morisot, o a las del siglo XX que fueron tantas y a pesar de su tiempo histórico, tampoco la tuvieron fácil.

Podría, pero en realidad, quiero hablar de otras mujeres quizás aún más olvidadas que las artistas. Quiero hablar de las modelos, esas mujeres que por necesidad o carácter asumieron el desprecio social de posar para los artistas varones. Hoy nos puede resultar muy romántico pero no era así; había que pasar interminables horas en absoluta quietud, adoptar poses incómodas hasta que los músculos se entumecían y todo eso desnudas en medio de un frío glacial. Había que soportar los reclamos del pintor, la exigua paga que no incluía ni siquiera un plato caliente y siempre luciendo imperturbable y bella.

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El artista en su estudio, John Abbot MacNeil Whistler, 1865, Art Institute of Chicago. En el fondo se ve a Johanna posando para Sinfonía en blanco N.3.

Claro que a veces, cuando la mujer tenía carácter y el pintor no le iba a la zaga el vínculo se salpimentaba con amor y sexo. Tal es el caso de la historia de la poderosa y bella Johanna Hiffernan (c. 1843- ?) y el gran pintor James Abbot MacNeil Whistler (1834-1903). Ella era pelirroja, inteligente y tenía un carácter endiablado; él era elegante, audaz y vivía entre París y Londres como el rey de la bohemia y de la filosofía del “arte por el arte”. Juntos dieron vida a algunos de los cuadros más maravillosos del siglo XIX y juntos vivieron como marido y mujer durante más de seis años.

Whistler N.1
Sinfonía en blanco N.1, John Abbot MacNeil Whistler, 1862-63, National Gallery, Washington.

Se conocieron en Londres allá por la década de 1860 y se fueron juntos a París en donde él la pintó vestida de blanco con un lirio blanco sobre una cortina blanca; Sinfonía en blanco N.1, era eso, una armonía orquestal de blanco sobre blanco y como tal provocó un escándalo en el Salón de los Rechazados de París de 1863. Al año siguiente la pintó en Londres en Sinfonía en blanco N.2; una lánguida figura reflejada en el espejo de una chimenea con un abanico japonés en una mano y un anillo de casada en la otra. Más escándalo para las fieras…

Whistler N.2
Sinfonía en blanco N.2, John Abbot MacNeil Whistler. Tate Gallery, Londres.

En 1866, cuando Whistler se fue de viaje le dio a Johanna un poder notarial para que se ocupara de todos sus asuntos, incluida la venta de sus cuadros. Pero claro, Jo seguía modelando para otros artistas y cuando posó para un Gustave Courbet medio enamorado, la cosa se complico, al grado de que dicen las malas lenguas que Johanna es la mujer de su audaz El origen del mundo (1866). Lo cierto es que la relación terminó y a pesar de ello y las otras amantes, siguieron en contacto. Prueba de ello es, que en 1870 cuando le apareció a él uno de sus tantos hijos naturales, Johanna se lo llevó a vivir con ella y lo crió como si fuera propio. La última vez que la vieron viva fue el 17 de julio de 1903 en el funeral de su querido y extravagante James Abbot MacNeil Whistler.

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