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Pasión de Cristo

BlogLas evocaciones

El dolor que no tiene edad

El arte tiene un poder evocador sorprendente. Es capaz de romper todos los límites  y ser por sí mismo sin que importen las profesiones de fe o la ausencia de ellas. Por eso hoy, que es viernes santo, el día en el que según los evangelios Jesús murió en la cruz y su cuerpo fue descendido y llorado por su madre, quiero evocar una obra en especial. Una obra que me conmueve profundamente desde que tengo memoria. Les quiero hablar de la Piedad de Miguel Ángel.

La Piedad evoca en mí una sensación de tremenda fragilidad, de inmensa vulnerabilidad, ésa a la que el destino nos somete y con la que nos vapulea hasta casi rompernos. Porque iconográficamente es, más allá de dogmas y de fe, la imagen de una madre que sostiene a su hijo muerto en su regazo. Y eso, es dolor puro, dolor real, dolor humano. Al menos yo la siento así y así me conmueve.

Pero más me duele aún porque Miguel Ángel la esculpió con apenas veintitrés años y creo que eso importa. Y no estoy hablando de los  clichés de la “proeza” o del “genio” a los que Miguel Ángel tanto nos acostumbra. Me refiero a que su Piedad es una obra de extrema madurez, que tiene en su planteamiento compositivo y en su tratamiento técnico, una carga emocional de tal envergadura que exuda vida recorrida. Y que por eso, es una obra creada por alguien que sabe lo que es el dolor, que lo ha probado y que conoce su sabor amargo.

Y es que a sus veintitrés años, Miguel Ángel cargaba ya con mucho dolor a cuestas. Con apenas seis años, había perdido a su madre, luego, había soportado la frialdad e indiferencia de su padre y finalmente, a los diecisiete había sufrido la muerte de Lorenzo El Magnífico, la figura paterna que lo había acogido y loshabía criado y educado como un hijo más. Pero además, a los diecinueve años todo lo que tenía en el  mundo se derrumbó de repente, cuando a dos años de la muerte de Lorenzo los Medici cayeron en desgracia, y Miguel Ángel tuvo que huir de Florencia para no ser muerto o apresado. Huyó con lo puesto y sin un duro y vagó su desamparo por Venecia, Bolonia y Roma, sin protección, sin guía ni sosiego.

detalle piedad

Pero la cosa no se queda acá, hay más. Porque el dolor puede ser joven y no tener edad, pero para llegar a este nivel de madurez hay que saber que hacer con él. Y entonces, la Piedad me conmueve, porque Miguel Ángel puso en ella todos sus sentimientos como si los dos cuerpos, el vivo y el muerto, fueran una especie de catarsis de ausencias fuera de toda dimensión espacial y temporal, como lo atestigua la juventud de la Virgen y su expresión de serenidad y sabiduría.

Lo que sucede, es que para crear la Piedad, Miguel Ángel no tuvo ningún referente sobre el que trabajar. Esta iconografía no era aún popular en Italia -recién lo va a ser después del éxito de ésta- y prácticamente no había imágenes sobre las que nutrirse. Sí lo era, en cambio, en las escuelas del norte, en Francia, los Países Bajos y el Imperio, de allí que fuera el cardenal Jean Villiers de Lagraulas, embajador de Francia ante la Sana Sede, quien se la encargó. De este modo, Miguel Ángel no tuvo otra referencia que sí mismo, mirar hacia adentro y esculpir desde su propia experiencia de pérdida y también, desde su resilencia ante la pérdida.

Se podría decir, entonces, que Miguel Ángel, le sacó a este bloque inerte sus propios dolores, y así la madre acepta la muerte del hijo con el gesto de su mano y el cuerpo del hijo recibe exánime la salvación sin rastros de sufrimiento. Y los dos juntos, quedan suspendidos en una dimensión ideal, redentora y serena.

Es el dolor de un joven de veintitrés años, que con esta madre llorando a su hijo muerto, iba camino a convertirse en uno de los más grandes de la Historia del Arte y que no cesaría de esculpir una y otra vez, esta misma imagen. Miguel Ángel fue encontrado muerto, a los ochenta y nueve años, con el cincel en la mano, esculpiendo una Piedad.

 

 

 

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