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BlogLas provocaciones

Estamos en problemas: la corrección política llegó a la pintura

Pasó la semana pasada, en Inglaterra. La Manchester Gallery of Art autorizó el retiro de una obra del pintor pre-rafaelista John William Waterhouse, porque el cuadro hace del “cuerpo femenino un objeto decorativo”. El insólito espectáculo se filmó ante los asombrados espectadores y hasta se retiraron de la tienda las postales y demás objetos a la venta que reproducían la obra.

Según la curadora de arte contemporáneo del museo, Claire Gannaway, se trató de una “acción” de la artista Sonya Boyce, cuya obra consiste en censurar a Waterhouse (1849-1917) por patriarcal y machista. Dijo que con ello buscaban “abrir el debate sobre la representación de la mujer en el arte … crear un espacio de conversación sobre cómo exponer e interpretar las obras de arte”. Y agregó que en el clima generado por el movimiento #MeToo siente “vergüenza por no haber abordado antes el asunto. Hemos olvidado fijarnos en este espacio y pensar apropiadamente en él”.

Hasta allí los hechos.

Ahora bien, si la idea era provocar y generar “ruido irreflexivo” -ese deporte tan actual que consiste en opinar en dos palabras desacreditando al otro, sea para el lado que sea-, el ardid funcionó; las redes y demás medios estallaron, a favor y en contra. Ahora, si la idea era abrir un diálogo y generar un espacio de discusión, el fracaso fue rotundo.

¿Es que un artista puede iniciar un diálogo a través de la censura de otro, cuando la censura es el acto más oprobioso en lo que a la libertad artística se refiere? ¿Es que alguien en su sano juicio, puede creer que condenando a un artista del siglo XIX por pintar según los patrones culturales de su tiempo, está contribuyendo a crear una mejor realidad hoy? ¿Es que se puede permitir que entre las funciones de un museo público esté la de permitir el uso y la manipulación de una obra, olvidando que su obligación como institución es promover la comprensión y no la confusión?

Definitivamente no y es “no” a las tres preguntas. Es una acto estúpido, irresponsable y peligroso y no por haberse apropiado del cuadro de Waterhouse (un artista menor y un cuadro no precisamente afortunado, esa no es la cuestión); por suerte, desde Duchamp y su “mingitorio” hace más de un siglo que la libertad de apropiación artística es total y bienvenida ella. Lo es, porque todo el concepto de la “acción” hace aguas.

Es estúpido e ignorante, porque desde los tiempos de Sócrates y Platón sabemos que ningún diálogo puede tener como piedra de toque una acción de censura. Para dialogar -en este caso sobre como entender el cuerpo femenino y la idea de la belleza en el siglo XXI- hay que exponer ideas y escuchar atentamente las del otro. No hay diálogo posible si se nos impone con aires de show mediático, la anulación de la voz del otro; va de suyo que lo que propone es una sentencia con condena ya ejecutada.

Pero además es irresponsable, porque quiebra la regla de oro de la interpretación del arte según su contexto temporal. ¿Que iba a pintar el victoriano Waterhouse, sino ninfas de pieles nacaradas y largas caballeras rojizas ? Interpretar una obra de arte es una ardua tarea y la función de un museo es esforzarse en transmitir la complejidad de los procesos históricos. Waterhouse vivió en la Inglaterra del siglo XIX y formó parte del romanticismo pre-rafaelista, movimiento esteticista que se centró en la construcción de una idea de la belleza femenina. Un museo y además público, no puede permitir que se confunda al espectador dando por tierra con todos los principios básicos del arte y de paso con sus deberes como institución museística.

Y finalmente, es peligroso. Es peligroso porque el día en que empecemos a retirar cuadros de los museos porque exhiben algo -que por ser de otro tiempo- no debemos ver, estamos en serios problemas. ¿Quién dice qué es “apropiado” ver y qué no? ¿La moral reinante, el pensamiento político dominante? Mala cosa y allí está la historia para recordarlo; ya lo hizo la Inquisición en el siglo XVI y XVII cuando con sus veedores para las imágenes nos decía qué ver y cómo; ya lo hizo el fascismo nazi cuando por decreto decidió qué había un “arte degenerado” y otro que no lo era; ya lo hizo el comunismo cuando con sus comisarios del arte censuraba a los artistas que no eran “suficientemente” revolucionarios.

Afortunadamente -y por ahora-, los museos están cubiertos de escenas de sexo y de sexualidad, de cuerpos de hombres y mujeres desnudos pintados de todas las formas y según los patrones culturales de todas las épocas, todas bien lejanas a las de hoy. Porque vamos a entendernos, el punto en debate aquí es la libertad y la libertad con mayúscula; el arte está para ser comprendido e interpretado según criterios artísticos e históricos, no para que estemos de acuerdo con él. El día en que empecemos a decirle a la gente qué ver y cómo verlo, en lugar de comenzar la discusión la estaremos dando por terminada.

 

* El lunes 5 de febrero charlé de estos asuntos con Jaime Clara en mi columna de “Al pan pan” en Radio Sarandí. Les dejo el enlace por si prefieren la oralidad: https://emmasanguinetti.com.uy/radio/

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BlogLas emociones

Aquellos, los de cuatro patas

Frida es mejicana pero no es pintora, es una perra rescatista que pertenece a la Unidad Canina de la Secretaría de la Marina de México. Frida es una labradora que en sus seis años de vida lleva 52 personas localizadas en incendios, deslaves y sismos, 11 de ellas en este último terremoto.

 

frida I

Frida, al igual que Titán, Evil y Eco, una pareja de pastores alemanes, son los que llegan donde los humanos no llegamos, son los que se hunden en los escombros con visores que los protegen del humo y del polvo y van con las patas enfundadas en botas para evitar los cortes y el calor, son los que huelen la vida y si hay suerte nos salvan. Es cierto sí, lo hacen porque están entrenados para hacerlo, pero también es cierto que no es casual que lo hagan.

Jeff Koons
Puppy, Jeff Koons, 1992. Museo Guggenheim, Bilbao

Los perros y los humanos tenemos una larga historia de amor, amistad y compañía, un lazo que tiene algo de mágico y de inexplicable y que está vivo y presente en toda la Historia del Arte, en todas sus formas y facetas, desde los mosaicos de las villas romanas al gigantesco y florido Puppy de Jeff Koons.

Van Eyck Arnolfini
Matrimonio Arnolfini, Jan van Eyck, 1434. National Gallery, Londres

Sin embargo, a mí el primer perro que se me vine a la cabeza es el del Matrimonio Arnolfini de Jan van Eyck. No porque me guste especialmente, sino porque es un perro especial: es un perro-símbolo. Dentro del relato narrativo-simbólico, el perro de van Eyck es la lealtad y por eso está a los pies de las manos unidas que son señal de compromiso y en eje con el espejo que es testigo y la lámpara con la llama eterna. Lealtad, ese incondicional atributo que nos habla del estar y del dar sin condiciones.

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Venus de Urbino, Tiziano, 1538. Museo degli Uffizi, Florencia

Claro que el perro también es compañía y entonces pienso en esas maravillosas Venus de Tiziano, que no “son” sino con sus perros. Pequeños, peludos, juguetones pero siempre “falderos”, ellos son el omnipresente testigo en el mundo femenino cortesano. Son aquellos que acompañan cuando la sociedad le retira el saludo a la cortesana, son por ello, los silenciosos compañeros que están cuando nadie tiene el coraje de estar y así se convierten en los secretos observadores del “amor” .

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Cazadores en la nieve, Peter Brueghel El Viejo, 1565. Museo Kunsthistorichens, Viena

El perro también es trabajo y así los pinta Peter Brueghel El viejo en su fabuloso Cazadores en la nieve. Regresan al pueblo tras la larga cacería invernal, flacos y exhaustos caminan junto a sus amos con las cabezas gachas y avergonzadas, replicando como un eco la misma desazón de los humanos, pidiendo disculpas de antemano por lo magro de la caza.

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Perro semihundido, Francisco de Goya, 1819-1823. Museo del Prado, Madrid

Pero de todos los perros pintados, no hay ninguno que se iguale al de Don Francisco de Goya. Ese perro de las Pinturas Negras que nació en el momento más oscuro de la vida de Goya, es una imagen filosófica, existencial si se quiere. Una pequeña silueta que se recorta sobre un fondo ocre-amarillo y que eleva su hocico buscando una respuesta en el vacío. Algunos lo ven semi-hundido, otros asomándose desde un abismo; como sea, no importa, porque esos ojos que parecen oler vida y buscar el calor de una caricia son los mismos. Sí, es cierto, es solo un pequeño perro en medio de la nada, pero en él están todos los perros, incluida esta Frida mejicana que es hoy una heroína en la tragedia.

*Para Lucía, mi sobrina, la que habla con los perros

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BlogLas confesiones

El alma rusa

Sí, lo confieso, tengo debilidad por los rusos, por los músicos rusos, por los escritores rusos, por los bailarines rusos y obviamente por los pintores rusos. ¿Como huir del hechizo pasional del Concierto para piano No. 2 de Rachmaninoff y no sentir que el corazón va y viene con cada nota como si te azotara una tormenta?

¿Como no vibrar con la intensidad que Baryshnikov le transmite a cada partícula de su cuerpo al bailar Caballos caprichosos de Vysotsky en un Kirov monumentalmente vacío, y no sentir que ese grito de libertad te desgarra y a la vez te transforma?

¿Como rehuir la sabiduría que con precisión metafísica escribe León Tolstoi en la primera frase de Anna Karenina, esa que dice, “todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”?  ¿Como rehuirla y no sentir la vulnerable fragilidad de la felicidad en las mil caras de la tristeza?

Sí, lo confieso, para mi los rusos tienen un fuego interior único ¿o acaso Kandinsky y su orgía de color no esconden en su intrínseco vuelo abstracto, los sonidos de las notas apasionadas que cada color encarna? ¿O acaso la sublime y lírica sutileza con la que Chagall vuela una y otra vez a su aldea, no es un eterno viaje interior que mantiene la llama encendida de la madre-tierra?

Porque si hay algo que caracteriza a los pintores rusos desde Wassily Kandinsky a Marc Chagall, desde Chaim Soutine a Alekséi Jawelensky, desde Nicolás De Staël a Natalia Goncharova, es la absoluta y total sensibilidad en la comprensión del color. Hasta Kázimir Malévich en sus extremas exploraciones, descubrió un mundo de sensaciones en un simple y complejo cuadrado negro. Es que el color a diferencia de la objetiva línea, es pura sensibilidad y emoción y tiene no una sino dos personalidades: es materia y expresión a la vez.

Yo, aldea
Yo y mi aldea, 1911 Museo de Arte Moderno, Nueva York

Los pintores rusos son la suprema conciencia del color y estoy convencida de que lo son porque los consume un misterioso fuego interno y cuando algo quema, ya sea en la música o en el cuerpo, ya sea en las palabras o en el lienzo, no hay lugar para las indiferencias ni las medias tintas.

Hay que ser de hielo para no rendirse ante ese dejo de pureza que tiene el alma rusa, y como el mundo que me rodea se está volviendo cada vez más rápido un lugar que no entiendo y que me es ajeno, me dio por pensar en los rusos. Ellos y su espíritu encendido son un antídoto para el vacío y la vulgaridad que nos acecha, y si no me cree escuche un concierto de Rachmaninoff, mire bailar a Baryshnikov o busque un cuadro de Kandinsky o de Chagall. Hágalo y después me dice si no tengo razón.

 

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BlogLas provocaciones

Cosas de mujeres II

Henri Matisse y su modelo Wilma Javor, Niza, 1939

En marzo del año pasado podía haber escrito sobre la infinidad de mujeres pintoras que hay en la Historia del Arte desde el siglo XVI en adelante, en cambio escogí escribir sobre las grandes olvidadas del arte: las modelos. Esas sufridas mujeres que por necesidad, amistad o amor aceptaban pasar horas y horas quietas, desnudas y muertas de frío bajo el ojo escrutador de un hombre. Si lo quieren leer aquí va el link de Cosas de Mujeres (https://arteemmasanguinetti.com/2016/03/11/cosas-de-mujeres/)

Este marzo -que afortunadamente viene más revoltoso y combativo-tengo la misma oportunidad y nuevamente quiero escribir sobre otro olvido. Esta vez quiero hacerlo sobre lo que los artistas a lo largo de la historia hicieron con nosotras cuando nos pintaron o nos esculpieron. Porque si la relación “modelo-pintor” es el epítome del concepto “objeto-sujeto”, no lo es menos el resultado, o sea la obra de arte en sí misma, en el entendido de que cada tiempo tiene su contexto y expresa en iconografías sus valores y temores, sus intenciones y puntos de vista.

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Palas Atenea, copia romana, Siglo I. Museos Capitolinos, Roma

Los griegos y los romanos nos celebraron como “diosas” y así los museos están repletos de hermosas Venus que con sus cuerpos excitantes o pudorosos -según el caso- encienden el deseo y el amor carnal. Así se apilan en los corredores del Louvre castas y virginales Dianas  o aguerridas Ateneas, la que por ser sabia, guerrera y justa, luce siempre un tanto masculina, por no decir que es literalmente un hombre.

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Madonna del Prado, Rafael Sanzio, c.1505. Museo Kunsthistorichens, Viena.

El Renacimiento nos cantó como “madres” y así se agolpan en los Uffizi las incontables y bellas Madonnas y Piedades, cada una en su tipología de alegría y comprensión o dolor y resignación. Con el Barroco -siglo de contradicciones y contrastes- fuimos en simultáneo diosas y madres pero en ambas pura emoción ideal; en el primer caso, pasamos a ser “táctiles” para que el disfrute del ojo se regodeara en nuestros cuerpos rollizos y carnosos, y en el segundo, pasamos a exteriorizar arrobadas el dolor hasta perder el sentido en el desmayo.

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Las tres gracias, Peter Paul Rubens, 1630-1635. Museo del Prado, Madrid

Andando el tiempo -porque la historia iría para largo- cabría dar un salto hasta el siglo XIX porque aquí la cosa se complicó, obviamente Freud mediante y así nos convertimos en un enjambre de misterios, seres poderosos dotados de fuerzas ocultas, sirenas malignas dominadas por los bajos instintos. Por lo que estas ya cansadas diosas, gracias y madres nos desdoblamos en lo que se conoce como femme fatale; la astuta mujer que explotando sus poderes sexuales consigue someter al desventurado héroe.

Gustav KlimtJudith I, 1901 Öl auf Leinwand 84 x 42 cm
Judith I, Gustav Klimt, 1901. Museo Belvedere, Viena.

En fin, sea como sea lo que importa es comprender que Rafael y Miguel Angel, Rubens, Klimt y tantos otros más, tenían razón. Somos madres felices en la alegría de nuestros hijos y sufridas a la hora del dolor, nos sentimos diosas cuando nos desean y no dudamos en ser astutas si la hora lo requiere. Lo gracioso del caso, es que somos todo eso y mucho más, porque no bastan los siglos de Historia del Arte construidos a fuerza de visones masculinas, para abarcar la insondable complejidad que anida en el corazón de una mujer. Y ése es el desafío del arte actual, porque hoy somos las mujeres las que escribimos nuestra propia historia y las que pintamos nuestra propia imagen.

 

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BlogLas revelaciones

Ellas también tienen calor o frío

Hace calor, mucho calor. El aire es irrespirable y la temperatura corporal no encuentra equilibrio. En el norte pasa lo contrario, hace mucho frío y al cuerpo también le cuesta acomodarse. Si a nosotros nos molesta, a las obras de arte les pasa lo mismo aunque sean objetos y no sujetos, aunque se pasen la vida inmóviles e inertes, aunque no hablen ni se rían ni se quejen.

Han sido pintadas en lienzos o en tablas de nogal, pino o cedro, han sido dibujadas en finos papeles y escritas en hermosos trozos de vitela. Pura materia orgánica -que al igual que nosotros- reacciona, se expande y se contrae, se seca y se humedece.

En junio de 2015 visitando los Uffizi de Florencia, en medio de la ola de calor más intensa del último siglo y medio-entre 40 y 42 grados y una sensación térmica de 45-, era inconcebible la temperatura y la humedad que había en la Sala Botticelli; aquella en la que están su famoso Nacimiento de Venus y su no menos célebre Alegoría de la Primavera. 

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Nueva Sala Botticelli del Museo de los Uffizi, octubre, 2016

Afortunadamente, desde octubre de 2016 la Sala Botticelli ha sido alcanzada por el proyecto Nuovi Uffizi, un proyecto que lleva más de diez años modernizando las salas del museo y ahora cuenta con una equilibrada climatización, luces de última generación y una nueva disposición que potencia el conocimiento y la contemplación. Botticelli nunca más tendrá calor…

Pero no lancemos campanas al vuelo, porque hasta los más perfectos sistemas fallan. Eso fue lo que sucedió la semana pasada en la Pinacoteca Brera de Milán, cuando los vientos helados y secos del Báltico que azotaron la ciudad provocaron un fallo en el sistema de control de las salas y la humedad descendió a límites de riesgo.

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Detalle de la Palla Brera o Retablo de Montefeltro, Piero della Francesca, c.1452. Pinacoteca de Brera, Milán Italia.

Algunas de las piezas como el Cristo alla colonna del Bramante debieron ser retiradas y otras más de cuarenta fueron intervenidas allí mismo, como es el caso de una de las maravillas que conserva el museo, la espectacular Palla Brera o Palla de Montefeltro de Piero della Francesca.

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Detalle de la parte superior del retablo

 

 

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Una espectadora observa las obras intervenidas por el frío.

Lo que sucede, es que si la temperatura y la humedad bajan bruscamente, las fibras de la madera se contraen o se expanden según el caso, empujan las superficies que hay sobre ellas y las capas de pinturas se craquelan, se resquebrajan y pueden llegar a desprenderse. Por eso, se les colocaron sobre las zonas en riesgo trozos de papel japonés, para que a manera de parches o vendas, sostengan las capas de pintura hasta que las fibras de la madera vuelvan a estabilizarse.

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Maestro de Washi trabajando durante el proceso de inmersión. El Washi, fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad en noviembre de 2014.

El papel japonés o Washi, es un tipo de papel elaborado a mano a partir de tres tipos de plantas -básicamente la morera papelera- aunque en ocasiones se combina con otras fibra como el cáñamo. Hay más de 90 tipos de Washi y ha sido milenariamente utilizado en algunas de las más hermosas artes japonesas como el Origami, el Shodo (la Caligrafía) y las estampas del Ukiyo-é. Sin olvidar esos deliciosos objetos tan japoneses como los parasoles, los abanicos, los farolitos o las puertas corredizas de sus minimalistas habitaciones.

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Parasol japonés realizado con Washi
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Caligrafía japonesa o Shodo.

El Washi es ligero, resistente y tiene una perfecta capacidad de absorción. Es una joya que tiene más de 1.300 años de antigüedad, se transmite de generación en generación y es uno de los materiales más preciados en los talleres de restauración. El Washi japonés viene salvando nuestras obras de arte desde hace mucho tiempo y hoy las está ayudando a soportar el frío…

Porque si nosotros la pasamos mal, ellas también….

 

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BlogLos pensamientos

Para Francia y por Francia

Hay ciertas fechas que no solo pertenecen al país que las celebra y una de ellas es el 14 de julio. Una fecha que pertenece históricamente a Francia pero que culturalmente es de todos nosotros, de todos los que formamos este espacio geográfico-cultural que llamamos Occidente.

Y ayer el 14 de julio se vistió de luto y con él todos nosotros y quizás con un especial sentimiento, los treinta y cinco uruguayos que formamos el Grupo de viaje Francia-2016. Es que hace apenas una semana caminábamos por el corazón de su arte y su cultura y entonces, por este extraño sentimiento de incredulidad y espanto, quiero hoy honrar a Francia a través de uno de sus espacios más emblemáticos, el Louvre.

Sinceramente, siento que no faltan razones…

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El Museo del Louvre visto desde el Arco del Carrousel

…porque el Louvre fue el torreón- fortaleza que construyó Felipe Augusto en el siglo XII para proteger la ciudad y a partir del siglo XIV fue la morada de los reyes de Francia. Porque todos ellos dejaron su marca y así lo transformaron en cantera artística; Francisco I lo soñó renacentista y Enrique IV lo imaginó monumental y bello, unido como un todo con las Tullerías de Catalina. Su nieto Luis XIV, lo engrandeció y lo hizo expresión del nuevo lenguaje barroco que brillará en Versalles y siglos después, la república y la determinación de un presidente, le regalaron los maravillosos reflejos de sus pirámides de cristal.

Diana Cazadora, copia romana del Siglo I. Sala de las Cariátides, Museo del Louvre, Paris
Diana Cazadora, copia romana del Siglo I. Sala de las Cariátides, Museo del Louvre, Paris

…porque cuando el Louvre dejó de ser residencia de reyes se convirtió en espacio del saber. Fue en 1672 cuando Luis XIV torció su destino nombrándolo sede de las Academias de Ciencias y de Pintura y Esculturas. Un destino cultural que selló la Revolución en 1793 y así el palacio abrió sus puertas al pueblo como templo de las artes. Y entonces, consagrado por los siglos como símbolo inequívoco de la cultura, el Louvre fue protagonista durante los aciagos tiempos de la II Guerra Mundial, de heroicos episodios como por ejemplo, la evacuación de sus miles de obras con los nazis a las puertas de París.

La compleja evacuación de la Victoria de Samotracia
La compleja evacuación de la Victoria de Samotracia en agosto-setiembre de 1939.

….y finalmente, porque entre los millones de obras de todos los tiempos y todas las culturas que el Museo del Louvre custodia, hay una en especial que amerita ser recordada en estos momentos. Me refiero a la alegoría pintada por Eugene Delacroix en 1831 y que todos conocemos como La Libertad guiando a su pueblo.

La libertad guiando a su pueblo, Eugene Delacroix, 1831. Museo del Louvre, París
La libertad guiando a su pueblo, Eugene Delacroix, 1831. Museo del Louvre, París

Este cuadro, que muchas veces se confunde con la toma de la Bastilla de 1789, documenta en realidad una de las Tres Jornadas de la Revolución de 1830 (27,28 y 29 de julio) y por ello tiene un especial significado. Porque la revolución del ’30, muchas veces denigrada por ser una revolución liberal, fue la que derribó al último Borbón del trono, al último hermano de Luis XVI y así encarna todo el fervor romántico, exaltado, esperanzador.

Detalle de la figura alegórica de La Libertad guiando a su pueblo, Eugene Delacroix, 1831.
Detalle de la figura alegórica de La Libertad guiando a su pueblo, Eugene Delacroix, 1831.

Delacroix pinta su testimonio y lo hace con una fuerza expresiva y un fervor épico inigualable; las multitudes atraviesan las barricadas sin temor a la muerte, el humo de la ciudad en llamas inunda la lejanía y en medio de los asaltantes se yergue la imponente figura de la hija del pueblo, que con su gorro frigio, la bandera tricolor y su vestido al viento, es guía, es conductora, es idea y principio. Toda ella parece flotar, vívida y fogosa, rebelde y victoriosa, porque es el renacer de aquellos principios alumbrados en 1789 y por ello esa mujer firme y decidida es la encarnación de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad.

Tres principios a los que Delacroix dotó de rostro y de carácter y que hoy -en días aciagos y a una semana de estar frente a ella- regresan galopando una vez más al corazón…

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BlogLa inspiración

Aquellas mujeres de cuello largo

Nuestro tiempo ha construido un culto a la originalidad. Las cosas valen en tanto novedad, en tanto las sentimos y las percibimos como nuevas. Sin embargo y hasta casi como un acto de humildad creo que nos vendría bien recordar, que toda originalidad es siempre heredera de algo o de alguien que le precedió. Porque la inspiración, ese misterioso y extraño don que impulsa la creación, está ligada a nuestra capacidad para incorporar aquello que nos sugiere lo que otro antes que nosotros, hizo, dijo o pensó.

Esto no implica negar la originalidad en las obras de arte, sino recordar que todo tiene un comienzo, que las cosas no surgen de la nada ni por generación espontánea. Y porque este mes de junio, estará animado por los extraños mecanismos de la inspiración, les quiero contar como ese gran pintor que fue Amadeo Modigliani, llegó a construir ese maravilloso universo de mujeres con el cuello largo.

Retrato de mujer polaca, Amadeo Modigliani, 1919. Museo de Bellas Artes de Philadelphia.
Retrato de mujer polaca, Amadeo Modigliani, 1919. Museo de Bellas Artes de Philadelphia.

Modigliani creó prácticamente toda su obra, en las dos primeras décadas del siglo XX y en aquel París bohemio y de café que anidaba en las calles del barrio de Montparnasse. Modigliani llevaba el espíritu de vanguardia en el alma y en el cuerpo, y no solo por que cultivara con tanto ahínco esa vida bohemia que terminó matándolo, sino porque ambicionaba crear un nuevo orden estético que alterara las estructuras imperantes y así por ejemplo, admiraba a la par de Picasso, la fuerza primitiva y antropológica del Arte Africano y de Oceanía.

Amadeo Modigliani, Livorno, 1884 - París, 1920
Amadeo Modigliani, Livorno, 1884 – París, 1920

Pero a la vez Modigliani era italiano, un italiano de pura cepa, culto y refinado, que se había formado en Livorno en el taller de Guglielmo Micheli, discípulo y amigo del gran Giovanni Fattori, líder de los macchiaioli, aquellos pintores de la mancha que fueron precursores de lo que luego conocimos como Impresionismo. Modigliani era italiano y como tal se sentía atado a esa cadena de tradición que une a Italia con la raíz greco-latina recuperada y amplificada por el Renacimiento, y renovada luego, por la excentricidad de los manieristas del siglo XVI.

Gran desnudo, Amadeo Modigliani, 1917. Moma, Nueva York
Gran desnudo, Amadeo Modigliani, 1917. Moma, Nueva York
Venus dormida, Giorgione, 1510. Germaldegalerie, Dresde
Venus dormida, Giorgione, 1510. Germaldegalerie, Dresde

Basta observar el maravilloso conjunto de desnudos reclinados que pintó en pleno siglo XX, para comprobar que son una genial reinvención de uno de los temas más tradicionales del arte italiano, aquellas lejanas Venus reclinadas que inmortalizaron en pleno Renacimiento artistas como Giorgione y Tiziano.

 

Detalle del Nacimiento de Venus, Sandro Botticelli, 1484-1486. Museo degli Uffizi, Florencia
Detalle del Nacimiento de Venus, Sandro Botticelli, 1484-1486. Museo degli Uffizi, Florencia

Basta observar sus espectaculares retratos de mujeres de cuello largo, ojos de almendra y hombros dislocados, para percibir en ellas una fantástica transformación de la estilización de los pintores del Renacimiento como Botticelli y de las elegancias de los manieristas del siglo XVI como Parmigianino. Por supuesto, que el resultado es una obra de vanguardia, una imagen sometida a la distorsión, al despojamiento y a la extrema simplificación del arte del siglo XX, pero su raíz, el germen que le da nacimiento es la receptividad a la sugerencia que llega del pasado. Y eso es lo que hace a la obra de este italiano soñador y bohemio, una visión única, nueva y original.

 

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