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BlogLas provocaciones

¿Pintar cuadros de batallas es de fachos?

Arturo Pérez Reverte y Augusto Ferrer-Dalmau discutiendo los detalles del cuadro “El último combate del Glorioso”, encargo del Museo Naval de Madrid en 2014.

Vaya pregunta, ¿verdad?, por lo que me apuro a decir que no soy yo quien la hace sino el escritor y académico Arturo Pérez Reverte. Y la hizo ayer nomás, en el auditorio del Museo Reina Sofía, cuando a boca de jarro y sin preámbulos, se la lanzó al pintor catalán Augusto Ferrer-Dalmau, el que obviamente, pinta batallas.

Demás está decir, que estos son los momentos en los que odio el océano que nos separa, porque ese encuentro entre dos viejos amigos organizado por el diario ABC para charlar sobre sus mutuas pasiones -la historia de España y la pintura-, debe haber valido cada segundo. Pero bueno, me conformo con lo que hay en internet y ver lanzar la pulla en ese decir castizo que tan bien le queda a Pérez Reverte cuando escribe y cuando habla,”Oye Augusto, ¿pintar cuadros de batallas es de fachas?”, es simplemente el mejor de los comienzos que uno puede imaginar.

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El pintor y el escritor, 2 de febrero de 2017, Museo Reina Sofía

Porque más allá de las lógicas sonrisas que arrancó ese comienzo, la pregunta da exactamente en el clavo del asunto. Históricamente el “género de historia” ha sido siempre materia de manipulación ideológica y tergiversación propagandística, en tanto comprendía los sucesos contemporáneos, los que en manos de reyes, validos y emperadores, eran carne para la exaltación nacionalista y la heroicidad patriótica, esa misma que alienta la leyenda y olvida a los que se dejan el pellejo.

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El 3 de mayo de 1808 en Madrid o los fusilamientos del Monte Pío, Francisco de Goya, 1813-1814. Museo del Prado, Madrid.

Claro está, que los artistas no tenían ni corte en el punto de vista narrativo del asunto, pero cuando eran de esos que mezclaban talento con oficio y sabían bien de que venía lo que estaban pintando, deja de importar si las intenciones eran escribir la historia como al gobernante de turno le viniera en gana. Basta pensar en el modo en que Goya resuelve la imponente violencia de la Carga de los mamelucos, la heroicidad en la derrota en sus Fusilamientos o como Velásquez honra la victoria de los aguerridos tercios en su Rendición de Breda sobre los no menos heroicos holandeses.

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La rendición de Breda o Las Lanzas, Diego de Velázquez, 1634. Museo del Prado, Madrid

Es tan potente lo que se puede conseguir con este género, que me atrevería a decir que a diferencia de otros como por ejemplo “el desnudo”, “el paisaje” o “el retrato”, le permite al pintor ahondar en las aristas más complejas y profundas de la naturaleza humana. Porque el tema no es solo la batalla tal por cual, que ganó o perdió tal o cual ejército; el tema es el dolor, la resistencia y la muerte, es el barro, la sangre y los gritos, es el olor a miedo.

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Ferrer-Dalmau y Pérez Reverte en la presentación de “El Camino Español”, cuadro homenaje a los Tercios Españoles en su peor derrota en la Batalla de Rocroi (Francia, 1643).

Entonces, si hay un pintor que entiende de que viene esto, el tema estará siempre más allá del hecho, de su tiempo y de su posible manipulación ideológica. El tema será nuestra humana condición con todas sus virtudes y todas sus flaquezas.

 

* En el diario ABC en las páginas de cultura se puede ver un video de unos 9 minutos del encuentro.
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BlogLas evocaciones

Civilización o barbarie

En tiempos aciagos o especialmente duros, el arte  funciona como un maravilloso refugio para el alma,  algo así, como un extraño lugar en el que se recibe calor y el espíritu se aliviana. Y porque creo que el arte no es superfluo y mucho menos aún para unos pocos ilustrados, quiero evocar hoy, uno de esos momentos en que el arte como hijo de la civilización consiguió vencer a la barbarie. Quiero contarles la historia, de como un puñado de gente salvó los vitrales de la Catedral de Chartres.

Durante la II Guerra Mundial, el arte estuvo en guerra igual que el resto de aquella humanidad sumida en el horror y la barbarie. Así lo saquearon, lo robaron, lo explotaron, lo convirtieron en rehén de intereses y ambiciones y también lo destruyeron. Pero a la vez el arte cumplió con su llamado existencial y ayudó a muchos a mantenerse firmes y resistir. Porque si unos lo robaban, otros lo protegían, sintiendo que con ello cumplían con un deber moral que honraba la cultura y la civilización de la que se sentían responsables y partícipes.

Rosetón Norte dedicado a Santa Ana y la Virgen
Rosetón Norte dedicado a Santa Ana y la Virgen

La catedral de Notre Dame de Chartres, es uno de los prodigios del Arte Occidental, es una gran cantera artística, que desde siglo XIII hasta el día de hoy nos ilumina, o al decir poético de Virginia Wolf es “un esqueleto de ojos rojos y azules, brillando como una joya ardiente. La joya del mundo civilizado”.

Pero en 1939 esa joya estaba en peligro y no la dejaron abandonada a su suerte. Lo sorprendente es que no solo salieron al rescate especialistas y entendidos, sino los simples ciudadanos, aquellos que sentían que cada vidrio de color de esos espectaculares rosetones, que cada imagen que había llegado del pasado era parte de ellos mismos. Y por más que ninguno poseía en propiedad ni siquiera de un pequeño trozo de vidrio, todos entendieron que esos vitrales eran su herencia, aquello que con orgullo debían proteger para legarlo a su gente, al mundo y al futuro.

Así fue como se puso en marcha, una de las operaciones de salvaguarda artística más emocionante y emotiva de la Historia del Arte. Un plan complejo y tan peligroso como arriesgado, que consiguió la proeza de desmontar 3.000 metros cuadrados de vitrales en tiempo record. Entre el 26 de agosto y el 6 de setiembre del año de 1939, un grupo de más de 350 voluntarios dirigidos por Jean Trouvelot, Arquitecto en Jefe de los Monumentos Históricos de Francia, se subieron a lo más alto de las paredes de la catedral y desmontaron, descendieron, embalaron y guardaron todas aquel maravilloso pasado medieval.

Se montaron decenas de andamios, se crearon aparejos improvisados, se adaptaron grúas y montacargas, cuadrillas de obreros produjeron ingentes cantidades de material para sellar las juntaras y se construyeron 1.060 cajas de madera cubiertas de polvo de corcho para proteger su delicado contenido. Cuando la tarea terminó se guardó todo en la cripta de la iglesia y la ciudad entera celebró el éxito de la empresa. Pero lamentablemente el peligro no había terminado.

La debacle del ejército francés en junio de 1940, llevó a los alemanes a las puertas de París y nuevamente se cernía el peligro sobre los vitrales. El Prefecto de Eure-et Loir, que era nada menos que el mítico líder de la resistencia francesa, el gran Jean Moulin, consiguió que se les hiciera lugar en una cantera subterránea en Périgord. Se organizó así, un minucioso plan que implicó conseguir camiones y el precioso combustible para desplazar los centenares de cajas hasta las líneas férreas desde donde partirían a Périgord.

Interior cubierto de nieve, noviembre de 1945
Interior cubierto de nieve, noviembre de 1945

La guerra terminó y la catedral estaba invadida por la nieve que se colaba por todos sus vanos. Pero en ese frío noviembre de 1945, la ciudad vio como sus calles se vieron invadidas por un gran convoy de camiones que custodiado por gendarmes regresaban a la catedral 65 toneladas de vitrales. Para diciembre, todos estaban de nuevo en su hogar y lentamente fueron volviendo a los vanos de la iglesia, para que nuevamente iluminaran con sus brillantes rojos y azules, el interior de una de las más hermosas catedrales del mundo. La civilización le había ganado la batalla a la barbarie.

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