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BlogLas provocaciones

Dime quien está en tu billete y te diré…

Si tuviera que definir en pocas palabras esta semana, lo haría como la semana del dime quien está en tu billete y te diré quien eres. La cosa arrancó con la noticia de que para el año 2020, Estados Unidos decidió quitar del billete de 20 dólares la efigie del presidente Andrew Jackson, para colocar por primera vez a una mujer y además una mujer negra. Se trata de Harriet Tubman, una esclava que durante los tumultuosos tiempos de la Guerra Civil se convirtió en heroína del movimiento abolicionista.

Harriet Tubman
Harriet Tubman, 1820-1913

La historia siguió con la noticia de que en Inglaterra y también para el 2020, se quitará del billete de 20 libras al filósofo y economista Adam Smith para colocar al pintor Joseph Mallord William Turner, con la diferencia no menor, de que su inclusión es el resultado de una votación popular. Una propuesta renovadora y diferente que fue lanzada en 2015 en el Victoria&Albert Museum y que resultó todo un éxito, con 590 propuestas entre los que figuraron Alfred Hitchcock, Alexander McQeen, Francis Bacon, Charles Chaplin y William Morris, entre otros.

Próximo billete de 20 libras con la imagen del fantástico pintor romántico inglés, JMW Turner, 1775-1851
Futuro billete de 20 libras con el fantástico pintor inglés, JMW Turner, 1775-1851

El tema dio para todo; desde artículos sobre el sexismo paternalista a la omnipresencia funesta de los próceres, sin olvidar que también se la ligaron los tibios que para salir indemnes del problema ponen jaguares, leopardos, etc.

El debate acaparaba las páginas de cultura de los medios y asombraba por el simplismo y la frivolidad, porque aunque las raíces del tema se hunden en las profundidades de la identidad y como todo aquello que roza los avatares de la iconografía nunca se está ante blancos y negros, así estaban las cosas.

Billete de $5 con la imagen de Joaquín Torres García, fuera de circulación.
Billete de $5 con la imagen de Joaquín Torres García, fuera de circulación.

Lo que me llevó a pensar que puestos a simplificar, Uruguay tiene en sus billetes hace décadas a músicos, pintores, escritores y también a mujeres. Por más que -siguiendo esta línea de razonamiento- podríamos decir que en Estados Unidos la cuestión de género le ganó a la política o que en Inglaterra la pintura le ganó a la economía. Sin olvidar que en Uruguay a Torres García se lo comió la inflación, porque desde que el billete de $5 dejó de circular, el pintor se volvió moneda y para colmo de males con cara de ñandú.

Billete de $200 de Don Pedro Figari, Baile Antiguo.
Billete de $200 de Don Pedro Figari, Baile Antiguo.

Aunque me apuro a pensar que no todo está perdido, porque Don Pedro Figari y sus salones coloniales sigue resistiendo en los billetes de $200 y la cuestión de género está saldada -al menos por un tiempo- con Juana Ibarbourou en los $1.000. ¿Será todo tan simple como esto? ¿O no será quizá, que lo políticamente correcto ha vaciado un debate complejo sobre los valores que elegimos celebrar como sociedad?

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BlogLas confesiones

La selfie con Alberto

Sí, lo confieso me saqué una selfie en un museo y no con cualquiera, sino con el gran Alberto Durero (1471-1528), el más grande de los pintores del Renacimiento Alemán y lo hice a pesar de que ni siquiera uso ni tengo celular.

Me explico. Cada vez que entro a un museo siento que estoy en un lugar sagrado, porque allí, como decían los griegos, entre esas mágicas paredes habitan las musas protegiendo las creaciones de los hombres. Por eso cuando entro a alguna de las casas que ellas custodian, sé que voy al encuentro de las imágenes que tanto he soñado ver y de las vidas de aquellos que tanto me han enseñado y tanto tienen aún para darme.

Resulta pues, que hace poco menos de un mes y después de muchos años de esperar la cita, llegué una tarde fría de invierno a la Alte Pinakothek de Munich. El museo estaba prácticamente vacío y me permití recorrer los pasillos con cierta aprehensión, hasta que de repente nos vimos.

 

Lo miré fijo y él me miró, con esos ojos fríos y duros que tanto lo caracterizan, con su ya clásico rostro acompañado por su larga y sedosa cabellera, con el cuerpo abrigado por su eterna pelliza de terciopelo y armiño. Quieto, estático, con su mano y sus dedos elevados en bendición, como si fuera un Cristo.

No había nadie en la sala y ni siquiera se escuchaban los pasos del guardia. Me senté en una butaca y charlamos por más de hora y media,  de la vida y del arte de pintar, en voz bien baja, diría que hasta cómplice. Hablamos de su obsesión por el detalle y sobre la manera en la que aplicaba esas suaves veladuras que hacen casi irreales a sus cuadros; discutimos sobre su constante necesidad de sorprender a sus contemporáneos con su habilidad para el dibujo; momento de tensión, en el que hasta llegó a admitir que era un rasgo de soberbia que le costaba mantener bajo control.

Hablamos largo y tendido, hasta que finalmente tomé coraje y decidí marchar pero antes de hacerlo, me volví y allí estaba él, mirándome y bendiciéndome con su mano. Entonces, no lo dudé ni un segundo, le pedí el celular a mi marido y me saqué una selfie con Alberto, mi amigo, el pintor.

Selfie con Alberto Durero, enero 2015
Selfie con Alberto Durero, enero 2015

Últimamente, los sociólogos se han puesto a cuestionar con gravedad esta nueva afición por las “selfies”; hábito que al fin de cuentas no es más que una manera diferente de otorgarle inmortalidad al ego, una más de las tantas que hemos creado a lo largo de la historia. Pero mucho más aún se oye a los académicos y curadores, debatiendo sobre si es correcto que la tecnología invada los museos, advirtiéndonos sobre los peligros de la pérdida de la clásica contemplación del arte.

Sí, lo confieso me saqué una selfie con Alberto Durero. Porque creo que los espacios sagrados como los museos están vivos, repletos de musas, de pintores y de historias por contar. Porque si pensamos que un cuadro puede ser un instrumento vivo que nos llega del pasado y que podemos hablar, reflexionar y sentir con él, no creo que corramos muchos riesgos si nos llevamos un sencillo recuerdo. Será por eso, que en una tarde fría de invierno sentí la necesidad de inmortalizar mi encuentro con Alberto o mejor dicho, con la  selfie que propio Durero hizo de sí mismo en el siglo XVI.

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