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Burt Lancaster

BlogLas evocaciones

Dilemas morales en una noche de lluvia

Martes de noche, llovía, los truenos iluminaban el cielo montevideano . El control de la tele no encontraba sosiego; nada, no había nada para ver, o mejor dicho había tanto, que todo era igual. Igual en la luz, en las escenas, en los encuadres, en los personajes, en la ropa, en la actitud, en todo. Hasta que de repente, la pantalla se pone en blanco y negro y aparece el rostro recio de Burt Lancaster, sombrero, corbata y cigarrillo en la comisura de los labios. Ya está, todo era distinto, la luz, el plano, la escena, la intensidad del actor y ni que hablar, la actitud.

Sala del Jeu de Paume, repleta de obras robadas por los nazis, 1942

Obviamente me quedé, mis hijos huyeron despavoridos a ver Netflix y yo solo demoré unos segundos en darme cuanta que estaba viendo “El tren”, la famosa película sobre el último “tren del arte” que los nazis intentaron llevar a Alemania antes de la caída de París. Una obra maestra de John Frankenheimer y de Burt Lancaster, que la produjo y la protagonizó, y también de Rose Valland, la gran Rose, conservadora del Jeu de Paume, que arriesgó su vida para salvar miles de pinturas de manos de los nazis y que contó la historia de este tren en su libro “Le front de l’ art” (El frente del arte) y así inspiró la película.

No la voy a contar, la pueden ver cuando quieran en el canal “Classic”, pero sí les quiero contar el dilema moral que plantea esta película, que fue filmada en 1964 -el año en que nací-, y que deja a cualquier producción de hoy por los suelos y pidiendo perdón por existir. Porque sin el más mínimo maniqueísmo, sin discursos grandilocuentes ni altisonantes gestos, la historia explora el dilema al que muchos se enfrentaron en la II Guerra Mundial: ¿vale la pena arriesgar la vida por salvar una obra de arte?

Rose Valland (1898-1980)

Por supuesto, todos gritamos a coro -y me incluyo-, la vida humana es y será siempre el supremo valor, nada, ningún objeto material vale que se la ponga en peligro. Sin embargo, la realidad nos dice que hubo mucha gente que arriesgó su vida y que hubo también muchos que la perdieron, salvando aquello que sentían, que en medio del caos, era el último refugio de la condición humana: el arte.

Rose Valland, ya condecorada por la Legión de Honor y popularmente conocida como “la Capitana del Arte”.

Y eso es lo que plantea la película al relatar la historia real del dichoso tren cargado de obras de Matisse, Renoir, Bracque, Cezanne, Picasso y tantos otros. No busca desmentirnos ni vendernos héroes, busca decirnos, que llegada la situación límite, cuando las cosas no se miran desde el sillón del living, la vida no es políticamente correcta. Y ahí está la imponente historia de Rose Valland, esta historiadora del arte, discreta, sencilla y callada, que se convirtió en la heroína del arte en Francia, allí está la historia de tantas figuras anónimos que Valland recuerda en su libro y entre los que se encuentra el tosco y simple ferroviario que en la película interpreta magistralmente Burt Lancaster. Un hombre, que volaba trenes para la resistencia, que sabía todo de máquinas pero nada de arte, y que le dice que no va a arriesgar a sus hombres por unas pinturas. Pero, que a medida, de que los acontecimientos se desarrollan, que la vida va tejiendo sus hilos invisibles, todo cambia y sin falsos heroísmos e incluso sin saber bien porqué, siente que debe hacerlo.

Si la historia no fuera real, otro cantar sería la cosa. Si Rose Valland y tantos otros, no hubieran hecho lo que hicieron, seguiría gritando a los cuatro vientos que no vale la pena. Pero en honor de ellos, no podía dejar de preguntarme, ¿si ellos lo hicieron, quién soy yo para decir lo contrario? ¿Quien soy yo para decirles, que fue una tontería, que no debieron arriesgarse, que no debieron morir, que fue todo una insensatez?

Burt Lancaster, como Labiche, El Tren, 1964

La película llegaba a su fin, seguía cayendo la lluvia y me fui a dormir con un nudo en la garganta, con el rostro de Burt Lancaster sucio y ensangrentado, viendo morir a sus amigos por unas pinturas que nunca había visto, que no entendía ni jamás entendería. Antes de apagar la luz, pensé en ellos, pensé en que es a ellos a los que les debemos las maravillas que cuelgan hoy en las paredes de los museos de Francia. Apagué la luz, pensando en aquellos que contra toda lógica, instinto y juicio de valor, fueron capaces de tomar una decisión, que no sé si yo sería capaz de tomar.

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