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BlogLas confesiones

El alma rusa

Sí, lo confieso, tengo debilidad por los rusos, por los músicos rusos, por los escritores rusos, por los bailarines rusos y obviamente por los pintores rusos. ¿Como huir del hechizo pasional del Concierto para piano No. 2 de Rachmaninoff y no sentir que el corazón va y viene con cada nota como si te azotara una tormenta?

¿Como no vibrar con la intensidad que Baryshnikov le transmite a cada partícula de su cuerpo al bailar Caballos caprichosos de Vysotsky en un Kirov monumentalmente vacío, y no sentir que ese grito de libertad te desgarra y a la vez te transforma?

¿Como rehuir la sabiduría que con precisión metafísica escribe León Tolstoi en la primera frase de Anna Karenina, esa que dice, “todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada”?  ¿Como rehuirla y no sentir la vulnerable fragilidad de la felicidad en las mil caras de la tristeza?

Sí, lo confieso, para mi los rusos tienen un fuego interior único ¿o acaso Kandinsky y su orgía de color no esconden en su intrínseco vuelo abstracto, los sonidos de las notas apasionadas que cada color encarna? ¿O acaso la sublime y lírica sutileza con la que Chagall vuela una y otra vez a su aldea, no es un eterno viaje interior que mantiene la llama encendida de la madre-tierra?

Porque si hay algo que caracteriza a los pintores rusos desde Wassily Kandinsky a Marc Chagall, desde Chaim Soutine a Alekséi Jawelensky, desde Nicolás De Staël a Natalia Goncharova, es la absoluta y total sensibilidad en la comprensión del color. Hasta Kázimir Malévich en sus extremas exploraciones, descubrió un mundo de sensaciones en un simple y complejo cuadrado negro. Es que el color a diferencia de la objetiva línea, es pura sensibilidad y emoción y tiene no una sino dos personalidades: es materia y expresión a la vez.

Yo, aldea
Yo y mi aldea, 1911 Museo de Arte Moderno, Nueva York

Los pintores rusos son la suprema conciencia del color y estoy convencida de que lo son porque los consume un misterioso fuego interno y cuando algo quema, ya sea en la música o en el cuerpo, ya sea en las palabras o en el lienzo, no hay lugar para las indiferencias ni las medias tintas.

Hay que ser de hielo para no rendirse ante ese dejo de pureza que tiene el alma rusa, y como el mundo que me rodea se está volviendo cada vez más rápido un lugar que no entiendo y que me es ajeno, me dio por pensar en los rusos. Ellos y su espíritu encendido son un antídoto para el vacío y la vulgaridad que nos acecha, y si no me cree escuche un concierto de Rachmaninoff, mire bailar a Baryshnikov o busque un cuadro de Kandinsky o de Chagall. Hágalo y después me dice si no tengo razón.

 

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BlogLas emociones

Un océano de color

Jardín de la Capilla Rothko (al fondo) con el “Obelisco roto” de su amigo y compañero Barnett Newman, Houston, Texas

Si le digo Houston-Texas, seguro que Ud. piensa en vaqueros, pozos de petróleo y en la familia Bush. Quizás si le gusta el basketball se le vengan a la cabeza los Houston Rockets o de repente si la cosa viene más culinaria, saboree en su mente un burrito al mejor estilo tex-mex. Sin embargo, cuando yo pienso en Houston, pienso en la Rothko Chapell y en que algún día cumpliré el sueño de visitar ese mágico lugar.

Afortunadamente la vida es más sabia que todos nuestros deseos, por aquello de que si uno no tiene la suerte de cumplir un sueño allí están los hijos para hacerlo por nosotros y entonces, somos ganadores por partida doble. Por eso puedo decir hoy que acabo de cumplir mi sueño y por eso les quiero contar su historia…

Corría el año de 1964 y la pintura de Mark Rothko llegaba a su máxima madurez, sus enormes cuadros abstractos se sienten ya como “obras para meditar”, espacios en donde el color y la forma son silencio y vacío, infinitas capas de color que con la suavidad de un murmullo nos transportan hacia nuestro interior.

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Mark Rothko, nacido Marcus Rothkowitz (Letonia, 1903-Nueva York, 1970)

Fue en ese momento que Dominique y John Menil -grandes coleccionistas tejanos de arte moderno y de vanguardia- contactaron a Rothko para que crear una capilla un poco a la manera de la famosa Capilla del Rosario de Henri Matisse en Vence, pero que no fuera confesional sino un espacio en donde el arte conecta con la fe y el espíritu.

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Tríptico principal de la Capilla Rothko, Houston Texas, 1971

La idea era que arquitectura y pintura se unieran en armonía trascendental y Rothko hizo algo único, creó un santuario de forma octogonal cubierto por catorce obras que operan como superficies para la meditación. Un espacio sagrado que al no pertenecer a ninguna religión, pertenece al espíritu de aquellos que lo contemplan y así se vuelve una experiencia personal a la búsqueda de una reflexión que es de cada uno, que es íntima y propia.

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Trítptico de la pared lateral y de la principal, Capilla Rothko, Houston, Texas, 1971

Por ello las catorce pinturas de gran tamaño se disponen sobre ocho austeras paredes; tres de ellas presentan trípticos y las otras cinco son superficies unitarias, pero todas, las catorce, son grandes espacios pintados de negro. Ud.s me dirán ¿lienzos negros? Sí y no, porque el arte de Rothko es sutil y sofisticado y exige tiempo, tiempo para sumergirse y descubrir que detrás de ese plano negro hay centenares de capas de color como si aquello fuera un mar infinito. Un océano inmenso repleto de velos, velos que por momentos en una esquina son puro vacío y silencio pero en la otra se mueven como si vibraran.

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N.14, Mark Rothko, Museo de Arte Moderno, San Francisco

La obra de Rothko requiere tiempo, hay que mirar y mirar hasta que sin que nos demos cuenta el cuadro no toma por el cuello, nos sumerge en su océano de color y nos lleva a un viaje trascendental. Allí es donde reside su belleza, en su capacidad para hacernos constructores de nuestra propia experiencia contemplativa.

Algún día, si los astros se alinean y los dioses se ponen de buen humor, quizás tenga la posibilidad de hacer realidad mi propia experiencia con Rothko. Pero ¿saben qué?, ya no me importa, la vida es sabia y puedo decir que si es por mi parte, ya estoy cumplida.

 

*Para Eugenia por cumplir el sueño de mamá

 

 

 

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BlogLa inspiración

Los mágicos secretos del reino de la luz

Las vidrieras de las catedrales góticas son simplemente sobrenaturales, son una experiencia trascendente en la que la luz se expresa en su más eximia cualidad, la de ser inmaterial e intangible. Más al mismo tiempo, los vitrales son expresión de la capacidad de transformación de la materia y es allí en donde interviene el ancestral oficio del verrier, que es quien hace nacer de esa luz una nueva belleza.

Vista del jardín del Atelier Loire, con la casa que habita la familia por detrás.
Vista del jardín del Atelier Loire, con la casa que habita la familia por detrás.

Por ello, cuando fuimos a Chartres con el Grupo de Viaje Francia 2016 no agotamos nuestra experiencia de luz en su maravillosa catedral, sino que visitamos el Atelier Loire, que fundado en 1946 por el Maitre Verrier Gabriel Loire, es hoy uno de los pocos talleres de vitrales que aún quedan activos en Francia.

Vitral contemporáneo en el jardín
Vitral contemporáneo en el jardín

Sí, es un oficio en extinción, un oficio que hoy es apenas compartido por un centenar de artistas-artesanos, pero que pudimos sentir vivo, cuidado y respetado, e incluso aún como en los viejos tiempos medievales, transmitido de padre a hijo como es el caso de la familia Loire que lleva tres orgullosas generaciones.

Esuchando a Jacques Loire, en la "verriere", la zona en la que se cotejan los colores que se van a utilizar
Escuchando a Jacques Loire, en la “verriere”, la zona en la que se cotejan los colores

Llevan el oficio prendido en el ojal y lo exhiben con soltura y serenidad, con una especie de paz que tiene algo de ascetismo monacal por aquello de la entrega y la convicción; al menos así se sintió a Jacques Loire, que fue quien nos guió por su universo de luz y color.

Cortando y colocando los trozos de plomo que unen los vidrios
Cortando y colocando los trozos de plomo que unen los vidrios

Jacques fue quien nos explicó con calma y claridad cada material y cada herramienta, quien nos contó de los lentos y pacientes procesos y sus complicadas técnicas, y también, fue quien nos maravilló con sus demostraciones, como por ejemplo, cuando nos mostró la ancestral técnica de la colocación del plomo -la que se hace exactamente igual que en el siglo XII- o cuando ejemplificó la técnica en la que su abuelo destacó y que se conoce como dalle de verre y cortó el vidrio frente a nuestros ojos asombrados.

Corte del vidrio para un vitral de "darre de verre"
Corte del vidrio para un vitral de “darre de verre”
Dibujos, cartones, modelos y las herramientas de uno de los Maitre Verrier
Dibujos, cartones, modelos y las herramientas de uno de los Maitre Verrier

Todos los que han tenido el privilegio de visitar el taller de un artista, saben que un taller es un lugar especial, que el aire es distinto, que los movimientos tienen ritmo propio, en fin, que un taller, es un lugar sagrado. Lo era en el siglo XII y lo sigue siendo hoy; ahora, después de visitar un atelier de verrerie, puedo además agregar que ese fuego sagrado puede ser un reino de luz, tan inmaterial e intangible como ella.

* Gracias Selene por las fotos

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