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Medici

BlogLas provocaciones

Ya era hora…

Sí, ya era hora que los Medici tuvieran un serie de televisión. Y lo digo con indignación, porque más allá de gustos, de mi confesa pasión por Florencia y mi desmesurada admiración por esa familia de sagaces hombres de negocios, astutos políticos y genios artísticos, la cosa empezaba a tener aires de ofensa.

¿Qué tenían los Tudor que no tuvieran los Medici? ¿Qué tenían los vikingos de Ragnar, los sueños de grandeza de Luis XIV o las intrigas de los Borgia, que ellos no tuvieran? ¿Que tenía Espartaco, Marco Polo y Carlos V … o dándole otro ángulo, que podía tener un fiordo noruego o un palacio barroco que no tuviera Florencia y la Toscana?

Pero bueno, la deuda ha sido saldada y con creces. La semana pasada empezó a emitirse por Fox Premium Series, “Medici, Masters of Florence” (Medici; los Señores de Florencia), una co-producción de la RAI italiana y de los ingleses, que con un elenco de estrellas internacionales y un despliegue de locaciones que quita el aliento, le hace justicia a los 24 millones de euros de su presupuesto. *

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Al frente, Annabel Scholey como Contessina de Bardi di Medici, esposa de Cosimo Il Vechio; Richard Madden como Cosimo Il Vechio. De izq. a der: Guido Caprino como Marco Bello, leal servidor de Cosimo; Dustin Hoffman como Giovanni di Bicci di Medici; Frances Barber como Piccarda de Medici, esposa de Giovanni y madre de Cosimo y Lorenzo; Stuart Martin como Lorenzo, hermano de Cosimo; Valentina Bellè como Lucrezia Tornabuoni di Medici, esposa de Pierto de Medici; Allesandro Sperduti como Piero de Medici, hijo de Cosimo y Contessina y padre de Lorenzo “El Magnífico”.

La historia empieza como se debe, por el principio, allá a comienzos del siglo XV con el sueño de Giovanni di Bicci di Medici (1360-1429), que magistralmente interpretado por Dustin Hoffman, enseña a sus hijos Cosimo y Lorenzo a querer y respetar el oficio, a honrar la lealtad familiar y a comprender que cuando se viven tiempos de cambio la astucia y la inteligencia, pueden ser armas más poderosas que los títulos de nobleza.

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Rodaje en Santa María dei Fiori, Florencia

Paralelamente, el guión da un salto temporal de vértigo y nos lanza a un Cosimo de Medici (1389-1464) en plena madurez y así lo vemos afianzando (no sin zozobras) su poder político frente a las familias enemigas de los Albizzi y los Pazzi. Un Cosimo que va camino a convertirse en el pater patriae florentino, en ese líder carismático que guiará a su linaje hacia la cúspide, para desde allí engendrar cultos y sagaces príncipes para su tierra, grandiosos papas para la iglesia, increíbles reinas para las monarquías europeas y legarnos a todos nosotros, las más bellas y grandiosas obras de arte.

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Obviamente, en aras de un relato que se adapte a las exigencias actuales, el guión tiene algún que otro anacronismo y se toma unas cuantas libertades históricas en los acontecimientos, sin embargo, lo interesante es que la historia no pierde nunca el tono ni la credibilidad. Está todo y bien contado; está el control sobre los gremios y la creación de la red financiera más eficaz de su tiempo, está el interés por hacer poderosa a Florencia y a su pueblo llano y por supuesto, están el arte y los artistas.

Donatello soñando su famoso David, Brunelleschi con su mirada encendida recibiendo un incondicional apoyo para la demencial idea de la cúpula de Santa María dei Fiori y está la Piazza della Signoria, el Baptisterio de San Giovanni y el Palazzo Vechio, y están las bottegas, los palazzos y las villas, los frescos y los retablos, los poetas y los filósofos. Por lo que al fin de cuentas  y más allá de todo lo que se le podría exigir, está lo que importa: el espíritu de los Medici. No será París, pero les aseguro -Catalina de Medici mediante- que bien vale un misa.

 

*La primera temporada tiene 8 episodios y está en pre-producción la segunda. El capítulo estreno va los viernes y luego hay múltiples repeticiones a lo largo de la semana. Está disponible completa en AppleTV.
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BlogLas emociones

El día que caminé junto a los Medici

Florencia es mi lugar en el mundo. Lo sé hace mucho tiempo y lo sé porque la llevo grabada a fuego en cada pensamiento y en cada emoción, y lo compruebo cada vez que tengo la fortuna de caminar por sus calles, de recorrer sus plazas, de conmoverme ante la magnificencia de su catedral y ante la heroica proeza de su cúpula.

Perseo de Cellini desde la Loggia dei Lanzi, Piazza de la Signoria, Florencia
Perseo de Cellini desde la Loggia dei Lanzi, Piazza de la Signoria, Florencia

Es que Florencia es Brunelleschi y su cúpula, pero también es Miguel Ángel y su majestuoso David, es Sandro Botticelli y sus etéreas Venus, es Benvenuto Cellini y su Perseo, ese guerrero orgulloso y melancólico que exhibe la cabeza de la Medusa cada día y cada noche. Florencia es todos ellos y mucho mas, es los Medici, los Strozzi y los Pazzi, es la fuerza austera de la república y el carisma populista de sus príncipes; por eso Florencia palpita tanto en los robustos palacios almohadillados como en el aristocrático Corredor de Vasari.

Corredor Vasariano saliendo de los Uffizi y cruzando el Arno sobre el Ponte Vechio
Corredor Vasariano saliendo de los Uffizi y cruzando el Arno sobre el Ponte Vechio

El corredor es toda una rareza, es una estructura única en el mundo. Es un pasadizo que Vasari construyó en 1564 por orden del Gran Duque Cosimo de Medici, para ir sin poner un pie en las calles de Florencia, desde las oficinas de gobierno en el Palazzo Vechio hasta su residencia en el Palazzo Pitti. Por eso el corredor es aéreo y serpentea por toda la ciudad durante más de un kilómetro, adosado a las casas y palacios, atravesando el Arno suspendido sobre el Ponte Vechio, desafiando la idea de lo posible y lo imposible.

Vista exterior del corredor, adosado a los edificios de Florencia
Vista exterior del corredor, adosado a los edificios de Florencia

El “corridoio vasariano” es un prodigio del ingenio arquitectónico, pero también es frágil e inestable, amén de que fue sistemáticamente castigado por la tumultuosa historia florentina, y por ello había estado siempre cerrado al público. Pero hará cuestión de unos años abrió sus puertas -no sin decenas de limitaciones y obstáculos que le ahorran los tumultos del turismo masivo- y así, tuve el privilegio junto mis 39 compañeros de viaje, de ser al menos por una hora, un miembro de la familia Medici y atravesé Florencia desde las alturas, en secreto y por encima de los simples mortales.

Entrada al Corredor Vasariano desde los Uffizi
Entrada al Corredor Vasariano desde los Uffizi

Cuando llegamos a la puerta, estábamos todos emocionados. Conocíamos su historia, sabíamos que caminar por el Corredor era recorrer un símbolo del cambio de los tiempos y de la transformación de una familia de banqueros en príncipes aristocráticos. Cuando la puerta se abrió y las paredes comenzaron a estrecharse, no pude dejar de tener un recuerdo para Cosme el Viejo, el austero pater familia que vivió y murió orgulloso de su banca. Porque los Medici que él había conseguido elevar, eran ahora príncipes y sus vástagos se convertían en papas y en reinas de las monarquías más poderosas. Y nosotros cual príncipes Medici mirábamos extasiados a la gente, que caminaba por Florencia sin siquiera darse cuenta que estaban siendo observados.

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Vista del corredor saliendo de los Uffizi

De repente llegamos a una pared ciega y dimos un giro a la izquierda y nuestros corazones dieron un salto: estábamos caminando sobre el Ponte Vechio, atravesábamos desde las alturas las casas de los sofisticados orfebres florentinos. Esos mismos joyeros que Cosimo autorizó a abrir sus tiendas en el puente, tras expulsar al gremio de los carniceros, que ofendían sus aristocráticas narinas con sus vapores malolientes. Estábamos cruzando el glorioso Arno y la multitud bulliciosa se arremolinaba ante los escaparates, pero en un abrir y cerrar de ojos, apareció ante nosotros una especie de palco desde el cual veíamos un altar. Allí estaba la puerta secreta que les permitía a los Medici asistir a la misa en la Chiesa de Santa María della Felicitá y veíamos los bancos y los retablos sin ser vistos.

Vista del Ponte Vechio después desde el corredor
Vista del Ponte Vechio después desde el corredor

Por un momento, me pareció escuchar los murmullos de los partigiani que durante la II Guerra Mundial utilizaron el corredor para planear sabotajes al poder de los nazis, amos de la Florencia fascista de aquel tiempo. Pero los murmullos se acallaron y divisamos una puerta, la fuerte y potente luz del día nos inundó. Habíamos llegado al otro extremo de la ciudad, estábamos al costado de la hermosa grotta de Leonara de Toledo -esposa de Cosimo-, en el Palazzo Pitti.

El sueño había llegado a su fin. No éramos ni Leonora ni ninguna de sus damas de compañía, no éramos Cosimo ni ninguno de sus principescos hijos. Éramos cuarenta uruguayos, que caminaron y vibraron junto a los fantasmas de los Medici, los que amigablemente nos transportaron al siglo XVI para dejarnos ver su querida Florencia. Éramos cuarenta uruguayos, pero por un momento, tan solo por una hora, supimos ser príncipes y princesas de la augusta casa de los Medici.

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