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BlogLas evocaciones

Tan ilustrados como desconocidos

Alexander Sokurov, el gran director de cine ruso, vuelve a la carga y lo hace a su estilo, filmando en el Louvre, con un Napoleón imaginario y los nazis ocupando el museo durante II Guerra Mundial. Se trata de su última película Francofonia, la que promete una original y poderosa reflexión sobre la guerra, el poder y el arte.

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A primera vista parecería que Sokurov regresa a territorios conocidos, los ya transitados en aquella maravilla visual que fue el Arca Rusa (2002), solo que ya no está la zarina Catalina ni su Palacio de Invierno, sino el Museo del Louvre y los nazis. Sin embargo -por lo que se ve en el trailer-, los paralelismos se quedan ahí, porque Sokurov escoge como hilo conductor de sus reflexiones, la historia de Jacques Jaujard, el Conde Franz von Wolff-Metternich y el amor por la Francia-faro de la cultura occidental.

Jacques Jaujard (1895-1967)
Jacques Jaujard (1895-1967)

Sí, ya sé, deben preguntarse quienes son estos dos ilustres desconocidos; pues Jacques Jaujard era el Director de los Museos Nacionales Franceses y de la Escuela del Louvre cuando la ocupación alemana y fue quien planificó y ejecutó la evacuación del museo en vísperas de la guerra.

La balsa de la Medusa, de Gericault, no se pudo enrollar y tuvo que salir por la puerta
La balsa de la Medusa, de Gericault, no se pudo enrollar y tuvo que salir por la puerta
La compleja evacuación de la Victoria de Samotracia
El complejo traslado de la Victoria de Samotracia
Registro e inventario antes de subir las cajas a los camiones
Registro, inventario y clasificación de las cajas antes de subirlas a los camiones

Esta legendaria evacuación, que ha entrado en las mejores páginas de la historia del arte, no le fue ordenada a Jaujard por ninguna autoridad, simplemente actuó ante el peligro. Con autos privados, taxis, ambulancias y hasta los camiones afectados a la Comedie Francaise, consiguió sacar del Louvre en tres días y tres noches un convoy de 203 vehículos cargados de 1.862 cajas con más de 4.000 obras (la Gioconda la llevó él mismo en su falda en una aventura que merece más espacio que un paréntesis). Es que Jaujard sabía de los peligros del arte en tiempos de guerra; en 1938 había dirigido el comité internacional que evacuó a Suiza gran parte de la colección del Museo del Prado en plena Guerra Civil. En otras palabras, a Jaujard le debemos -entre otras cosas- la mayoría de la colección del Museo del Prado y todo lo que hoy vemos en el Museo del Louvre.

El Kunstchuts en pleno. Wolff Metternich, es el primero de la derecha sentado.
El Kunstschutz en pleno; Wolff Metternich, es el primero de la derecha sentado.
La Gran Galería del Louvre vacía tras la evacuación
La Gran Galería del Louvre vacía tras la evacuación

Por su parte, el Conde Franz von Wolff-Metternich (1893-1987), era un culto y refinado historiador del arte alemán perteneciente a la familia aristocrática del famoso Metternich de los tiempos napoleónicos, y para 1940 había conseguido a fuerza de influencia ser nombrado jefe de la Kunstschutz, la sección de la Wehrmacht dedicada a la “protección” del arte. Meeterhich era un francófilo confeso, hablaba francés a la perfección, conocía cada pieza de las colecciones del museo y según cuenta Jaujard en sus memorias pareció aliviado al ver el Louvre vacío cuando llegó a París.

El encuentro entre Jaujard y Metternich, en una calurosa mañana de agosto de 1940, es uno de esos momentos por los que daría cualquier cosa por presenciar, si fuera mosca y se pudiera viajar en el tiempo. Porque Jaujard, en lugar de renunciar a su cargo y negarse a trabajar bajo las ordenes del gobierno de Vichy, se quedó en su puesto y defendió el museo, contra todo lo que el sano juicio imponía. Mientras, que por su parte, el Conde Wolff-Metternich, hizo lo posible por cumplir sus órdenes sin provocar daños y proteger las obras de las otras divisiones de arte dirigidas por figuras como Goering, Goebels, Ribbentrop y Otto Abetz, el funesto embajador alemán en París, todos ellos dispuestos a ir por todo.

Jacques Jaujard en su despacho
Jacques Jaujard en su despacho

Jaujard, pudo haber renunciado pero se quedó y tuvo que pelear en dos frentes; controlando a los funcionarios franceses de Vichy y manejando a fuerza de astucia a los alemanes. Su despacho en el Louvre era casi un piso franco de la Resistencia francesa y desde él se creaban interminables objeciones y retrasos burocráticos a los traslados alemanes, mientras el conde hacía la vista gorda hasta donde podía y ayudaba a Jaujard a transportar las piezas a escondites mejor acondicionados y lejos de las manos de sus rapaces compatriotas.

Como podrán imaginarse la historia tiene un sinnúmero de episodios, pero en resumidas cuentas, no es otra cosa que un duelo entre dos hombres amantes del arte en tiempos difíciles. Al terminar la guerra, Jacques Jaujard fue condecorado con la Medalla de la Resistencia y la Legión de Honor, sin embargo, la historia suele esquivar el recuerdo de otra condecoración, la Legión de Honor que el mismísimo Charles de Gaulle le otorgó al Conde Wolff Metternich por los servicios prestados a Francia. Esperemos entonces a Sokurov, esperemos para ver como escoge contarnos la historia de estos dos personajes, tan ilustrados como desconocidos.

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BlogLa inspiración

El Louvre, el código y la verdad oculta

Los griegos decían que el asombro es el principio del conocimiento, que si dejamos de asombrarnos corremos el riesgo de dejar de conocer, de pensar y hasta de ser, si creemos que conocer y pensar son las esencias que nos hacen humanos. Quizá por eso, me gusta tanto el tópico que dice que “todos los días se aprende algo”; me gusta porque es verdad -como todos los tópicos-, pero también porque me hace sentir que mi capacidad de asombro sigue intacta.

La cosa es que esta semana ejercité mi capacidad de asombro y comprobé que los griegos tenían razón, cuando por motivos que no vienen al caso, tuve que entrar a la página del Museo del Louvre para buscar un recorrido sencillo y atractivo. Como sabía que el propio museo propone paseos temáticos y son buenos y bien organizados, los fui a buscar y los encontré, pero cuál fue mi sorpresa al descubrir que había un nuevo recorrido que se llama “Código da Vinci: ocho siglos de historia”  (http://www.louvre.fr/node/1560).

Al principio, quedé un poco confundida y pensé que era disparatado que un museo como el Louvre utilizara un best-seller y una película -que es pura ficción- con el fin de interesar o atraer espectadores. El libro es atrapante, literalmente lo devoré cuando lo leí, pero me quedó claro que es de dudosa calidad literaria y que en los temas artísticos bordea el delirio.

Sin embargo, opté por dejar de lado mis prejuicios y me sumergí en el recorrido y su detalles, para terminar concluyendo que me moría de ganas de hacer el dichoso recorrido. ¿Porqué? Pues porque en lugar de tomar las afirmaciones del libro como verdades, las convierte en claves de desarticulación de todas las extravagancias que contiene el relato y hasta las corrige, con gracia y humor, poniendo a Dan Brown en su sitio sin ampulosidades intelectuales ni prejuicios esnobistas.

Hall Napoléon, Museo del Louvre
Hall Napoléon, Museo del Louvre

El recorrido comienza en el Hall Napoleón situado bajo la Pirámide, que es por donde el profesor Robert Langdon -el héroe de la novela y Tom Hanks en la película- ingresa al Louvre en la primera escena situada en el museo. Y ya de entrada te cortan el mambo; es falso que la pirámide tenga 666 paneles de vidrios -el número de la “bestia” según el Apocalipsis de San Juan-. Tiene 673 triángulos en forma de diamante y la cantidad y la forma son resultado de las necesidades estructurales para cubrir el espacio.

Pasos del menú del recorrido. Al hacer clik, aparecen los textos
Captura de pantalla del menú del recorrido

Paso a paso (son diez en total) el recorrido te lleva de sala en sala y de obra en obra, desmontando todo aquello que es especulación y sustituyéndolo por otros contenidos académicamente sólidos. Entre ellos están, las incongruencias topográficas del texto entre el Salón Carré y la Gran Galería, la fantasiosa interpretación del gesto de la La Virgen de las Rocas de Leonardo, las relaciones entre la Ultima Cena de Milán y las Bodas de Caná de Veronese, pasando por los increíbles anagramas de la Gioconda, la Virgen y Santa Ana, la Muerte de la Virgen de Caravaggio y el Noli me tangere de Bronzino.

Medallón de Arago
Medallón de Arago

Sin embargo, de toda las extravagancias que hayan razones lógicas en este recorrido, me encantó la historia de los Medallones Arago, que son esos círculos de bronce de 12 cm. de diámetro, que le dan a Langdon la pista del lugar en donde estaría la sepultura de María Magdalena. Sabía que los medallones existían y que estaban vinculados al meridiano de París, pero no conocía su historia.

Observatorio Astronómico de París
Observatorio Astronómico de París

Resulta ser que allá por el siglo XIX, un físico y astrónomo llamado Francois Arago (1786-1853), que fue durante décadas el Director del Observatorio de París y del Departamento de Longitudes, recalculó con exactitud las medidas del meridiano de París, que por aquel entonces rivalizaba con el de Greenwich. Pero además, Arago fue quien descubrió el fenómeno de la polarización rotatoria en los cristales de cuarzo, explicó el centelleo de las estrellas y sus interferencias luminosas y fue firme defensor de la teoría de la naturaleza ondulatoria de la luz, inspirando a Foucault el experimento que permitió medir la velocidad de la luz. Nada menos.

Base de la escultura desaparecida de Arago, Buelvar Arago, Observatorio de París
Base de la escultura desaparecida de Arago, Buelvar Arago, Observatorio de París

Por todos estos logros y muchos otros más,  lleva su nombre un asteroide, el 1005 Arago, una de las cúpulas del Observatorio, dos liceos, tres calles, un bulevar y en 1893 se erigió una estatua en su honor en el exacto lugar por el que pasaba el meridiano en el Observatorio. Pero en 1942, los alemanes la fundieron para usar el metal y por ello, en 1994 el artista contemporáneo holandés Jan Dibbets imaginó una obra “invisible” que volviera “material” el logro de Arago, ya que como todos sabemos, un meridiano es una línea imaginaria. Lo que hizo, fue colocar 135 medallones de bronce a lo largo de 9 kilómetros en una línea Norte a Sur, que consigue hacer “visible” el meridiano de París.

Explanada del Museo del Louvre con uno de los medallones de Arago
Explanada del Museo del Louvre con uno de los medallones de Arago

Esos son los dichosos medallones que le dan la clave a Langdon en el libro, pero el punto es que ninguno de los medallones de Arago, pasan por debajo de la pirámide invertida del Louvre como dice Dan Brown, simplemente porque el meridiano no pasa por allí, sino a un centenar de metros. Y es que al fin de cuentas, solo se trata de la obra de un artista que halló un modo conceptual de conmemorar un hito de la historia de la ciencia. El resto es pura fantasía y no deja de ser interesante, ver como un libro que juega con la idea del ocultamiento como conspiración, termina construyendo una realidad alternativa, que consigue ocultar la verdad.

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BlogLas confesiones

Sin comienzo ni final

Sí, lo confieso amo mirar un obra de arte por encima de cualquier otra experiencia artística. No porque el arte sea superior a las otras formas de expresión -no es cuestión de jerarquías-, sino porque a diferencia de un libro, una película, una canción o una obra de teatro, el acto de contemplar implica un vínculo que no tiene comienzo, ni desarrollo y muchos menos fin. Uno ve y en ese mismo momento y sin aviso queda en loop y eso es divertido, emocionante, da vértigo, es más me animaría a decir que es lo más parecido a tocar el infinito.

Sé que me podrán objetar que un libro se puede releer, una película volver a ver o que un concierto se puede volver a escuchar y es cierto. Sin embargo por más que volvamos a ellos irremediablemente el argumento comenzará, seguirá su desarrollo y encontrará su desenlace aunque hayamos crecido, pensemos diferente o veamos el mundo de otra manera. La línea siempre va a ser una recta rumbo a un objetivo o como diría un matemático, de un punto a otro, indefectiblemente de A a B.

En cambio y solo por poner un ejemplo, Don Diego de Velázquez seguirá estando eternamente detenido con su pincel en la mano observándonos desde esa dimensión de misterio, mientras el barullo de meninas, enanos, perro y princesa revolotean a su alrededor, y el aposentador a sus espaldas entrando – o saliendo- de la habitación sin que podamos saber que es lo que allí se pintó. La línea es un gran bucle que gira sobre sí mismo o como diría un matemático, se desplaza de A a A.

Vivir en loop no es fácil porque demanda una dosis incalculable de energía, es vivir con la cabeza habitada por miles de imágenes que hablan y hacen mucho ruido, pero a cambio, nunca vas a estar solo, nunca te vas a aburrir y mejor aún, la diversión está asegurada sin día fijo, sin horario y con el secreto placer de saber que nunca va a terminar. Será por eso que cuando leo un libro, suelo contar las páginas que me quedan para terminar con una angustia que crece en relación proporcional al decrecimiento de hojas.

Sí lo confieso, vivo en loop porque el misterio de las historias pintadas, está en la capacidad para resistir a la certezas de un final con todo lo que tiene de realidad inamovible y saben regalarme un trozo de misterio que me niega la respuesta, me interroga, me guiña el ojo, me molesta … y así hasta el infinito.

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